martes, 24 de octubre de 2023

EL SENTIDO DEL DEBER

Dr, Fernando Zamora Castellanos

Abogado constitucionalista 

Aunque él había decidido permanecer en Israel, la llamada tenía como propósito informarme su decisión y escuchar mi criterio. Frente a la guerra iniciada el pasado 7 de octubre y la posibilidad de salir de ese país, mi hijo Marco Antonio, residente médico en Israel, determinó permanecer en su puesto de servicio y quería conocer mi posición al respecto. Los residentes extranjeros estaban evacuando Israel y seguir ese camino mientras finalizaban las hostilidades bélicas, estaba dentro de las opciones que se le ofrecían a él también. “Papá, -me dijo-, salir del país mientras se calma la situación es una posibilidad, pero he hablado con mi superior y decidí permanecer laborando en el Hospital; quería comunicártelo, ¿no sé qué criterio te merece mi decisión?”, concluyó.  En el hospital ya no estaban Avner, Liran ni tampoco Roy, entre muchos otros de sus buenos amigos de residencia; por ser israelíes, a esos médicos los necesitaban en el frente atendiendo heridos en primera línea de batalla. Él tomó esa resolución en solidaridad con sus amigos: “si me voy, ¿quién los cubrirá a ellos aquí en el hospital? los residentes extranjeros se están yendo y hay faltante de personal”, agregó. Incluso Yelena, la enfermera a quien esa misma semana en la frontera de Gaza le habían matado a su hijo israelí, debía continuar sin interrupciones sus labores sanitarias, que son esenciales en este momento. 

Como padre, mi primera reacción fue de angustia ante su decisión. El instinto me tentaba sugerirle que tomara la misma decisión que los demás compañeros extranjeros: regresarse a su país. Sin embargo, antes de contrariarlo, comprendí de inmediato el hondo sentido del deber que lo embargaba. La opción que le ofrecían de regresar era válida, pero entendí que para él eso sería tomar un atajo. Cuando las circunstancias nos enfrentan a la tentación de tomar los caminos más convenientes para nuestros intereses prácticos, muchas veces esos caminos pueden hacernos evadir llamados del deber que son más honrosos. El apóstol San Pablo afirmaba que muchas cosas nos son permitidas, más no todas nos edifican. En los instantes que tardé en darle mi criterio respecto a la decisión que él tomaba, recordé aquella famosa respuesta que Churchill dio a Chamberlain cuando regresaba de firmar un acuerdo de paz imprudente con Alemania. Acuerdo que, lejos de garantizar la paz, coadyuvó en provocar la segunda guerra mundial. En aquel momento Churchill le espetó a Chamberlain una frase lapidaria: “se te ha puesto a escoger entre el deber o el deshonor y has escogido el deshonor; ahora tendrás el deshonor ¡pero tendrás también la guerra!” La anécdota viene a cuento porque refleja un principio de vida: cuando evadimos el desafío que nos imponen las circunstancias, las consecuencias de eludir el reto tienden a ser más costosas.

Por ello mi respuesta inmediata fue la de apoyar su decisión de permanecer allá. En todo caso él es un adulto que toma sus propias decisiones, y yo debía reconocer que seguir ofreciendo sus servicios médicos, en tiempo de extrema necesidad, era una alternativa moralmente superior. Lo obvio es que el aporte de un médico, en tiempos de guerra, siempre será una contribución a la paz. fzamora@abogados.or.cr  

martes, 3 de octubre de 2023

PARA SUPERAR LA DESIGUALDAD

 Dr. Fernando Zamora Castellanos.

Abogado constitucionalista

En 1985 Don Pepe fue uno de los invitados de honor a la primera toma de posesión de Alan García. Para la época ya en el ocaso de su vida, nuestro expresidente se había convertido en una leyenda por ser el único líder victorioso, aún con vida, de una revolución armada que había respetado la democracia en Latinoamérica. Si bien es cierto aún vivía otro líder triunfante que era Fidel, su condición de dictador hacía que el cubano no tuviera la misma estima. Aquel día Alan hizo en su discurso anuncios muy ambiciosos, -si se quiere fantasiosos-, sobre lo que pretendía lograr en su gobierno. Fue un mensaje que se describiría con un concepto: grandilocuente. Al finalizar el evento algunos periodistas se acercaron a Don Pepe, para preguntarle qué creía que podría hacer García en su gobierno, a lo que el caudillo costarricense sin pensarlo dos veces espetó: ¡no gran cosa antes de cincuenta años de escuela! Con esa frase lapidaria concretó su respuesta y una demoledora crítica al joven presidente que se inauguraba. Solo un líder que había alcanzado aquella edad, vivido con aquel nivel de intensidad, y con los grados de influencia que había logrado administrar durante su vida, alcanzó el genio y la madurez para poder encerrar, -con una frase tan lacónica-, una realidad tan compleja.

 

La anécdota viene a cuento en momentos en que retroceden nuestros indicadores de desarrollo, y entre ellos, dos de los más importantes: los indicadores de la desigualdad y la educación. En su obra Igualiticos desde hace más de trece años el sociólogo Carlos Sojo nos recordaba que, si bien es cierto en 1950 había iniciado el crecimiento de los niveles de igualdad y educación en nuestro país, dicha etapa había concluido con el drama del colapso económico de 1980. Las tres décadas comprendidas entre 1950 y 1980 Sojo las denominó como los años dorados de la clase media, pero insistía en que aquel hermoso idilio había acabado. Aquí amerita advertir que lo verdaderamente preocupante es que, entre todos los indicadores, esté retrocediendo tan aceleradamente el índice de desarrollo educativo, pues se debe recordar una realidad que no me canso de repetir: la prosperidad y el desarrollo de una sociedad dependen básicamente de su cultura, que a la vez descansa en un trípode en el cual una de sus columnas es la educación de excelencia.

 

Los liberales aseguran que la prosperidad de una nación depende de un Estado mínimo, con mínimas regulaciones y cargas tributarias, y si bien es cierto se debe de reconocer que una sociedad con un bajo costo de legalidad facilita la iniciativa de sus emprendedores, la realidad es que esa no es la condición definitiva para el desarrollo, pues existen Estados altamente regulados, y pese a ello, son naciones poderosísimas, como lo es el caso de Alemania. Y en sentido inverso, el caso de algunos países del África subsahariana, con Estados totalmente incapacitados de intervenir en sus sociedades, y pese a ello, en situación de miseria. Es curioso ver que naciones intervenidas con un alto costo de legalidad, como Alemania, poseen altos niveles de desarrollo, e igualmente naciones mucho más desreguladas como Irlanda, logran también la prosperidad. Esta situación se explica porque ambas poseen un alto índice educativo y cultural; por ejemplo, Alemania dedica a educación casi el 12% de su presupuesto y apenas el 2% en gasto militar. Por el contrario, una nación puede tener costos de legalidad y regulaciones mínimas, y aun así, ser sociedades que ocupan el sótano del índice de desarrollo humano mundial, como sucede con Haití o con algunas sociedades subsaharianas, que poseen niveles educativos y culturales dramáticamente bajos.

 

Advierto sin embargo que, por sí sola, la educación no es el único condicionante de la desigualdad, pues como afirmaba el sociólogo francés Raymond Boudón, el nivel de educación solo explica una parte de las desigualdades salariales, observación que invocaba para abrir los ojos de quienes creen poder resolver la desigualdad exclusivamente con gasto en políticas educativas, por más ambiciosas que sean. En su obra Capital humano el economista Gary Becker insistía en la importancia de la transmisión familiar de la desigualdad, pues es claro que la familia, -segunda columna del trípode que sostiene nuestra cultura-, juega un papel central como condicionante para superar o heredar situaciones de desigualdad. Esa noción tomó fuerza a raíz del informe sobre educación en las minorías vulnerables, realizado para el gobierno estadounidense por el sociólogo James Coleman en la década de 1960, el cual generó una gran controversia por advertir que la redistribución de recursos hacia las escuelas de zonas urbano marginales no había logrado ningún progreso mesurable en los resultados escolares de integración y superación laboral. Para Coleman era infructuoso poner la confianza en el simple aumento mecánico del gasto público en educación de las zonas pobres si se mantenían en el núcleo familiar las condiciones que originaban la desigualdad. Por ejemplo, en su obra sobre las curvas de inteligencia en la educación estadounidense, los investigadores Richard Herrnstein y Robert Murray, reconocieron que estudios en casos de niños provenientes de entornos socialmente vulnerables, aleatoriamente adoptados por familias con buenos niveles culturales, lograban el mismo desempeño educativo que los hijos biológicos de esas familias. En otras palabras, más que las inteligencias innatas, es mejorando el entorno cultural del estudiante, -como el que otorga el ambiente sociofamiliar-, lo determinante en su rendimiento educativo. Otro motivo que agrava nuestra alarma respecto de la crisis cultural que atestiguamos en el ámbito familiar de nuestro país.                         

 

Esta realidad nos hace entender que, si bien es cierto la inversión pública en educación es fundamental, la inyección económica no basta para revertir la desigualdad. Es cierto que los países que lideran el ranking de progreso tecnológico y desarrollo humano han hecho inversiones educativas planificadas, de largo alcance y sistemáticas, sin embargo, para combatir la desigualdad es necesario reconocer que el problema debe abordarse no solamente desde la educación, sino desde una perspectiva mucho más integral, que es la de la cultura, lo que incluye otros fundamentos como el entorno familiar y espiritual del individuo. A ello Bernardo Kliksberg le agrega un concepto: “impulsar una economía de la ética donde la ortodoxia económica de paso a la responsabilidad social, la solidaridad y la preocupación por el otro.”  fzamora@abogados.or.cr