Mostrando entradas con la etiqueta Desarrollo y energía. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Desarrollo y energía. Mostrar todas las entradas

viernes, 17 de diciembre de 2021

¿POR QUÉ NORUEGA CAERÍA EN EL INDICE DE DESARROLLO

 Dr. Fernando Zamora Castellanos.Abogado constitucionalista

 

De acuerdo al último informe que prepara la Conferencia de Cambio climático (COP 26), los gases contaminantes que deberían disminuir un 45% en la década 2020-2030 para llegar en 2050 al carbono neutral, por el contrario, éstos están aumentando. De acuerdo al resultado de las contribuciones y compromisos de los países, lo que se refleja es un sostenido incremento de las actuales emisiones de gases contaminantes, las cuales, a este ritmo de crecimiento, provocarían un incremento de 2,7% de la temperatura global del planeta para el final del siglo XXI. Un resultado catastrófico para mantener la vida de los actuales ecosistemas, incluyendo la vida humana en sociedad tal y como la hemos disfrutado. Así lo anda advirtiendo a voz en cuello Antonio Guterres, el Secretario General de la ONU, tal y como lo hizo en la reciente entrevista que le ofreció al sistema de televisión española.

A lo anterior se suma el administrador del PNUD Achim Steiner, quien a raíz de la presentación del Índice de desarrollo humano 2020, en un encuentro reciente que tuvo con periodistas de agencias internacionales, igualmente alarmado, está proponiendo en su informe replantar la calificación de la misma concepción del desarrollo, para lo cual plantea castigar en el índice a aquellos países que, pese a tener desarrollo “muy alto”, lo logran a costa de afectar el planeta.

Así entonces, para citar algunos ejemplos, países como Noruega, el primero de la lista de desarrollo, caería 15 posiciones en la tabla a consecuencia de la huella ecológica que ese país deja en el planeta. Esto a raíz de sus emisiones de CO2 contaminantes, como también del costo que provoca al planeta producir lo que los noruegos consumen. De acuerdo a lo referido por Steiner, igualmente sucede con otros países altamente desarrollados como los Estados Unidos, Australia, Luxemburgo o Singapur, quienes caerían respectivamente, 45 escalones el primero, 72 el segundo, nada más y nada menos que 131 posiciones Luxemburgo, y Singapur 92 gradas. En otras palabras, si para la medición del 2022 el PNUD decide variar así su metodología, o sea, calificando el desarrollo de las naciones de conformidad con el grado de afectación que éstas hagan al ambiente, países como Luxemburgo o Singapur pasan a ser sociedades de bajo desarrollo. 

En síntesis, si se replantea la clasificación del desarrollo desde el punto de vista de la incidencia de éste en el ecosistema mundial, ésta pasa a ser además una evaluación moral que juzgará severamente a muchos países ricos que lo logran a costa del futuro ambiental de los demás.

Otro elemento que se trasluce de la información dada por Steiner, es que prácticamente ningún país próspero está logrando su prosperidad sin hacerlo a costa del ataque ambiental al planeta, y muchos países actualmente con bajo desarrollo, deberían ascender en la lista por cuanto, por el contrario, lo agreden mínimamente. Incluso la prestigiosa Islandia, país reconocido por el uso intensivo de energías limpias y renovables, si se tomara en cuenta la huella ecológica que provoca su prosperidad, perdería 26 puestos en el índice de desarrollo.

En el índice, tal replanteamiento del concepto mismo de desarrollo resulta interesante, máxime si tomamos en cuenta que, cuando nació en 1990, el mismo nacimiento de tal escala de medición fue revolucionariamente disruptiva, pues hasta ese momento, se entendía por desarrollo únicamente el poderío material de las sociedades: punto. ¿Cómo se entendía el desarrollo antes de aquel novedoso concepto de medición? Las únicas mediciones que interesaban eran aspectos como el resultado del producto interno bruto de los países, su balanza de pagos, su capacidad exportadora, su nivel de reservas financieras, el tamaño de sus ejércitos, o el ingreso per cápita como medición global, sin importar otros aspectos como la desigualdad o el acceso de sus habitantes a servicios que garanticen calidad de vida, como lo es el acceso al agua potable, vivienda y energía.

La paradoja actual entonces está, entre alcanzar un desarrollo económico alto y el alto costo ambiental que se paga por ello. Ahora bien, en el caso de los costarricenses, no todas son malas noticias, pues tal y como lo refirió el prestigioso diario El País, Pedro Conceicao, otro funcionario del PNUD, les advirtió a los periodistas que, para los autores de la reformulación del informe, Costa Rica, un país que según el índice es calificado como de desarrollo “muy alto”, -y que ocupa la posición 62 de 189 en el IDH-, ascendería 37 posiciones. Ello por los buenos indicadores de su nivel de emisiones y por la huella ecológica de su consumo. Según los expertos del PNUD, “Costa Rica ya ha aprovechado la energía hidroeléctrica y ha descarbonizado en gran medida la producción de electricidad”.

Algunas de las medidas que para Steiner urgen, según su disertación ante la prensa, es la eliminación de subsidios a los combustibles fósiles. De acuerdo al citado estudio del PNUD, hay un subsidio a los combustibles contaminantes equivalente al 6,5% del PIB global. El informe además insiste en otras “áreas comunes” o trilladas del discurso pro ambiente, como lo son la necesidad de replantearnos usos sociales como disminuir el consumo excesivo de plásticos y bienes desechables, y por supuesto, algo en lo que se insiste siempre con denuedo, incentivar todas aquellas vías de consumo que no impliquen afectación al ambiente: a saber, si de energías se trata, la mareomotriz, la eólica y la solar, además de otras medidas como la de un proceso mundial de reforestación agresivo, el cese inmediato de la tala de bosques, el repoblamiento de centros urbanos mediante vivienda vertical para evitar la progresividad del crecimiento suburbano horizontal, a costa de las zonas verdes de los países, entre otras decisiones vitales. Lo que me aterroriza, es que el mundo considere a Costa Rica la punta de lanza en el tema, el ejemplo de los países de desarrollo muy alto que, si se tomara en cuenta la presión sobre el planeta, ascendería 37 escalones en el ranking. Me aterroriza pues, al fin de cuentas, soy consciente de lo poco que mi país está haciendo por el cambio ambiental. ¿Entonces los demás están haciendo tan mal su tarea?

fzamora@abogados.or.cr

jueves, 12 de agosto de 2021

LA REVOLUCION VERDE COSTARRICENSE

 Dr. Fernando Zamora Castellanos

En el 2017, tuve el honor de que autoridades de la ciudad de El Aaiún, me mostraran sus ambiciosos proyectos de plantas solares en el Sahara marroquí. Aquello fue una bocanada de esperanza que amainaba mis preocupaciones sobre el desafío ambiental del planeta, e insuflaba los ideales que he abrazado respecto a una revolución energética mareomotriz en nuestro país. La Comisión intergubernamental de expertos sobre Cambio Climático (IPCC), una entidad que agrupa reconocidos expertos en la materia, asegura que el actual aumento de un grado en la temperatura del planeta es consecuencia de la actividad humana. Algunos científicos disidentes, los menos, rebaten esa tesis y sostienen que el calentamiento del planeta no es producto de actividades humanas como la emisión de carbono a la atmósfera en cantidades industriales, sino resultado de los ciclos de calentamiento-enfriamiento que el planeta ha sufrido a través de su existencia. Independientemente de la justeza de una u otra de ambas tesis, hay un implacable desafío que resolver: ciertamente nos estamos calentando aceleradamente, y es nuestra responsabilidad actuar de inmediato para detener la actividad humana que contribuye a ese calentamiento. Sea que se pretenda negarlo o no, la estadística demuestra que hay actividad humana que provoca emisiones masivas de gases de dióxido de carbono a la atmósfera, que crean un efecto invernadero que coadyuva al calentamiento del planeta, generando lluvias y sequías extremas. Frente al reto, a Costa Rica le corresponde hacer su parte. Máxime si, como lo vimos estos días en Limón y Turrialba, nuestro país está sufriendo los efectos de tal calentamiento.

 

De acuerdo a diversas investigaciones, como la del reputado científico Kevin Trenberth, del organismo federal estadounidense denominado Centro Nacional para la investigación atmosférica, cada vez que la temperatura del planeta aumenta un grado, nuestra atmósfera retiene un 7% más de agua por encima del promedio. Lo que provoca, por una parte, lluvias y nevadas mucho más fuertes, con sus respectivas inundaciones y huracanes, y por otra, sequías e incendios forestales a gran escala. En su obra “El nuevo pacto global verde”, el sociólogo Jeremy Rifkin, un pensador que ha generado gran influencia en mis convicciones, plantea la necesidad de una inmediata migración hacia una matriz energética mundial limpia. Dicha migración pretende llevar la actual producción energética basada en combustibles fósiles, hacia la producción de energías renovables no contaminantes, como la energía eléctrica que se deriva tanto de la producción mareomotriz, como de la eólica y solar. El reto de alcanzar tal migración es descomunal, pues dos obstáculos cardinales se presentan frente al cambio. Primeramente, el escaso tiempo que según los expertos queda para lograrlo. De acuerdo a la referida Comisión del clima (IPCC), para evitar una catástrofe irreversible, contamos con menos de 15 años para ejecutar el cambio. El segundo obstáculo son los enormes intereses económicos alrededor de la industria de combustibles fósiles. La gran industria petrolera y la industria del carbón, le imponen hoy una feroz resistencia; entre otros, los inversionistas que poseen billones de dólares en activos en ese tipo de industria. Me refiero a los dueños o acreedores de oleoductos, plantas petroleras y de carbón, los propietarios de instalaciones de almacenamiento y de millonarias plataformas en los mares, o de las centrales térmicas, entre otra infraestructura complementaria en la explotación de ese tipo de energía. Por ejemplo, dichas multinacionales son conscientes de la gravedad de la inminente amenaza a las multimillonarias inversiones hechas en su industria por los fondos mundiales de pensiones.  Eso provoca resistencia a ceder terreno frente a las energías limpias.          

 

Ahora bien, en la tarea de las energías limpias, desde los años de la década de 1950 nuestra nación ha sido una buena alumna. Entre otro tipo de energías, gracias a nuestro desarrollo hidroeléctrico y geotérmico, hoy contamos con el mérito de ser uno de los pocos países del mundo que deriva el 99% de su capacidad eléctrica de fuentes renovables y limpias. Sin embargo, tenemos una enorme tarea pendiente para lograr una verdadera revolución verde, pues Costa Rica aún está a media tabla del ranking mundial de países emisores de gases contaminantes. Por ejemplo, el 52% de nuestros gases contaminantes los emite nuestro parque vehicular, el cual, en su inmensa mayoría, sigue siendo movido por combustibles fósiles derivados del petróleo. Frente al panorama, las soluciones prácticas e inmediatas para alcanzar una revolución verde en Costa Rica son dos. Una de ellas es encausar las fuerzas de una política de mercado verde para que, mediante estrategias fiscales y decisiones políticas, el país migre aceleradamente, desde un parque vehicular movido por petróleo, hacia un parque vehicular movido por electricidad u otras tecnologías limpias; sin desconocer además que debe estimularse la investigación tecnológica que aspira a usar el hidrógeno como combustible.  La segunda estrategia tiene que ver con la modernización de nuestra matriz energética limpia.  La estadística demuestra que la vida útil de las plantas hidroeléctricas se encuentra dentro del rango promedio de entre los 70, y no mucho más de 100 años. Así las cosas, desde ya debemos los costarricenses definir el futuro de nuestra producción energética limpia, y en este país, ese futuro está en fuentes de energía como la mareomotriz, o sea, la derivada de la fuerza de las corrientes marinas, que es de las fuentes con menor huella ecológica. Igualmente hay otras fuentes con poca huella ecológica, como la eólica o la solar, aunque en el caso de la solar, solo cuando esos paneles solares se instalan en los techos, de lo contrario, de instalarlos en tierra fértil o virgen, se genera una huella ecológica inconveniente. Si bien es cierto no podemos darnos el lujo que se da Marruecos, con sus enormes extensiones de paneles solares en el desierto, si tenemos suficiente mar territorial para que la energía mareomotriz sea nuestro futuro. Ahí pues, dos tareas encomiables. fzamora@abogados.or.cr

viernes, 13 de noviembre de 2015

LIBERARNOS DEL PETROLEO


Dr. Fernando Zamora Castellanos.

Abogado constitucionalista

 


 

Un año y medio después de su inauguración, el gobierno anuncia algunas medidas con el afán de dinamizar la economía. Sin embargo, para salir de esta situación de medianía, es necesario tomar decisiones de gran calado, y no tímidas instrucciones de vela corta. Es necesario un verdadero despegue, y por las razones que explicaré, estoy convencido de que el gobierno debe concentrarse en la transformación de los medios de explotación de nuestros recursos energéticos. La energía es potencia primaria y fuente por medio de la cual se desarrollan las sociedades. Por la diversidad de factores que desata, toda transformación energética cataliza prosperidad como consecuencia inmediata. La historia lo demuestra. Sucedió en Costa Rica durante la segunda mitad del siglo XX, cuando se rompió con la Electric Bond and Share, e implementamos el desarrollo hidroeléctrico que iluminó todos los rincones de la geografía nacional. Igualmente lo demuestra la reciente experiencia islandesa. Pese a sus dificultades financieras, el 80% del consumo energético de Islandia procede de fuentes renovables, y se proyectan al 100% para la próxima década. En ambos casos, las decisiones de política energética se tradujeron en crecimiento económico.  

 

La energía juega un rol esencial en el desarrollo y decadencia de las civilizaciones. La cultura y la capacidad energética son los parámetros de medición de la prosperidad humana. Para el antropólogo George MacCurdy, el grado de civilización de cada época, estará determinado por la capacidad de utilizar la energía en su beneficio. En su obra La ciencia de la cultura, Leslie White recuerda que todo progreso se debe a la capacidad, que logra la cultura, de realizar suministros adicionales de energía. Cuando tales recursos se agotan, si la cultura no es capaz de evolucionar hacia nuevos suministros, el progreso se detiene. Esto lo demuestra la evolución social. En su condición de cazador y recolector, durante la primera etapa de existencia humana, la fuente de energía fue su propio cuerpo. Posteriormente, con la transición a la actividad agrícola y ganadera, fue posible un mejor suministro de energía, y por tanto, de excedentes productivos. Es a partir de ello, que surgen las primeras civilizaciones, pues los sobrantes de alimento representaron una reserva energética que permitió una mayor población. Cuando evoluciona la cantidad y calidad del recurso energético, con ello el bienestar y el crecimiento.  Por ejemplo, la revolución del carbón hizo que la humanidad duplicara su población y la posterior era del petróleo, que la sextuplicara. Más aún, la era de los combustibles fósiles acarreó consigo una manera distinta de organizar la sociedad humana. Por tal desarrollo energético, fueron posibles los Estados-nación, las grandes urbes, o la actividad industrial, entre otras. Los combustibles fósiles, además de una inmensa capacidad de consumo, promovieron las grandes organizaciones industriales, verticales y centralizadas, pues para su extracción era necesaria la capacidad logística de tales entidades. Pero hoy estamos viviendo los estertores de la era de los combustibles fósiles. La realidad que vivimos en el mundo, nos plantea una encrucijada. Por una parte, el indudable agotamiento de este tipo de combustibles y de la infraestructura global creada para explotarlos. Por otra, nos hayamos en el umbral de un novedoso régimen energético, de una naturaleza radicalmente distinta. La explotación de las nuevas energías, como lo son la derivada de los biocombustibles, del hidrógeno, o del Sol, implican una explotación más económica, y además, una posibilidad de exacción mucho menos monopolizada, vertical y centralizada. Si cabe el término, es más “democrática”. Además, si bien es cierto que las fuentes alternativas pueden mover los automotores y la maquinaria, ellas no son sustitutas de los fertilizantes derivados de productos fósiles, que son indispensables para la producción masiva de alimentos. En otras palabras, por cada litro de combustible que hoy gastamos en movilizarnos, lo sacrificamos en futura producción alimentaria. El cambio energético urge.

 

Abundan razones que demuestran cómo la transformación de los regímenes energéticos acarrea gran prosperidad. Veamos. Si al menos el gobierno nacional decidiera virar hacia algún régimen energético alternativo –y el de los biocombustibles es el más viable-, lograríamos una implacable conquista económica, agraria, social y ambiental. Según estadísticas de la FAO y del MAG, entre tierras degradadas, laderosas y tierras que, por ganadería intensiva, perdieron su capacidad productiva, Costa Rica tiene entre ochocientos mil y un millón de hectáreas ociosas. Resulta que –precisamente-, la palma de coyol es un cultivo apto para ese tipo de tierra improductiva. Una vez que se siembra, ella produce y captura biomasa durante ochenta años, generando un fruto que es ideal para la producción abundante de combustibles y aceites de gran eficiencia. Es un recurso energético limpio y fundamental para conservar el ambiente, pues, además de que es una especie reforestadora, las plantaciones también capturan mucho más C02 del que emiten los combustibles que ellas mismas producen. La revolución de los biocombustibles es una increíble noticia para la conservación ambiental, y además es también una revolución económica y agraria que incidiría radicalmente en el desarrollo social. ¿Por qué? Si Recope decidiera comprar a un precio regular el biocombustible, la rentabilidad estimada es nada menos que superior a los cinco mil dólares por hectárea. Difícilmente existen cultivos con tal nivel de rentabilidad. Así mismo, a nivel social, las estadísticas estiman que estos cultivos generarían un aproximado de doscientos mil empleos directos. A ello se suma los indirectos, provocados como resultado, por una parte, de las consecuencias de la misma actividad agraria. Por otra, los empleos derivados del estímulo económico doméstico que genera el ahorro, pues sería reducir drásticamente la importación de combustibles. La factura que pagamos por concepto de importación de hidrocarburos, es mucho mayor a los mil millones de dólares anuales. De consolidarse dicho nuevo régimen energético, seríamos autosuficientes en la producción de combustible, con lo cual esa cifra superior a los mil millones de dólares, quedaría en nuestras manos. El efecto multiplicador de ese dinero circulando en la economía doméstica, provocaría un crecimiento exponencial. ¿Podemos imaginar lo que significa ahorrarle a nuestra economía más de mil millones de dólares al año?  Aunado a todo lo anterior, la autosuficiencia energética nos garantizaría seguridad, pues ya no dependeríamos del suministro petrolero de terceros países y sus caprichosos vaivenes de precio. Sería liberarnos del chantaje petrolero. Existe también la posibilidad de incursionar en la energía derivada del hidrógeno. En cuanto a la energía solar, también ella está empezando a transformar el mundo por intermedio de empresas como Tesla y sus baterías solares para el hogar.  Un mundo se ha abierto y éste es el camino a seguir. Debemos asumir la misma determinación que en el siglo pasado creó el ICE. Una vez más, el despegue económico dependerá de la capacidad de reinventar nuestro potencial energético. fzamora@abogados.or.cr