miércoles, 5 de marzo de 2008

¡Al progreso, por decreto!
Fernando Zamora Castellanos
Doctor en derecho constitucional

Publicado en el Periódico La Nación el día 5 de marzo del 2008.
http://www.nacion.com/ln_ee/2008/marzo/05/opinion1449928.html



He combatido, en este periódico, la idea de eliminar de nuestra Constitución, la alusión de nuestro origen cristiano como nación. Esto lo he sostenido, porque estoy convencido, que se trata de un legado histórico, cultural, y espiritual que pertenece a los padres fundadores de nuestra nacionalidad, y que nos otorga identidad histórica como pueblo. Sostuve, entre otros argumentos, que dicha confesión de fe, es un eslabón histórico que une, nuestra actual Constitución, con la constituyente originaria que fundó la Patria costarricense. Sin embargo, en días pasados, mi artículo fue rebatido en este mismo periódico, por el entusiasta promotor de la reforma, para lo cual invoca, -entre otros-, como principal arma dialéctica, un razonamiento que califica irrefutable por evidente. Sostiene que existen países europeos que han alcanzado altos niveles de prosperidad material, pese a que buena parte de su población, ha dado paso al descreimiento y al ateísmo. Cita, como ejemplo de esto, a Suecia y Dinamarca. Ciertamente, estos países están experimentando lo que es una ancestral y recurrente tendencia de nuestra pobre condición humana, que sucede cuando las mieles de la prosperidad material apagan la sensibilidad espiritual de los pueblos y de los individuos. Lastimero es creer que la estatura espiritual o moral, tiene relación con la riqueza material. Esta es una verdad antigua, evidente incluso en nuestra actual crisis de valores, que se manifiesta pese a que vivimos en una Costa Rica mucho más próspera que aquella que conocieron nuestros padres o abuelos. Finalmente, valga agregar que, así como el progreso no se puede decretar, Venezuela no progresará por haber cambiado recientemente, en su Constitución, el nombre del país, ni tampoco variarán un ápice nuestras condiciones de progreso material, por el hecho de que eliminemos o no de nuestra Constitución, la alusión a nuestro origen cristiano como nación. Lo que sí habremos perdido, es una parte fundamental de la identidad histórico-cultural de nuestra Constitución, la referida a su identidad moral primigenia y a la portentosa herencia del cristianismo como acicate de la forja de nuestra nacionalidad. Esa es la esencia de mi posición: las naciones, -al igual que los individuos-, si no tienen identidad histórica a la cual asirse, quedan a merced de toda suerte de incertidumbres y de demagogias, el verdadero oscurantismo.