viernes, 25 de marzo de 2022

LA GUERRA CONTRA UCRANIA Y NUESTRA POLITICA EXTERIOR

 Dr. Fernando Zamora Castellanos.

Abogado constitucionalista

 

Para un asertivo entendimiento de lo que debería ser nuestra política exterior frente a conflictos como el de Ucrania o similares, amerita reflexionar sobre cuatro principios generales que -en casos como este-, deben regir nuestra política internacional. Es claro que el choque de intereses entre el bloque hegemonizado por Rusia frente a la OTAN, es lo que está impidiendo a Ucrania ejercer plenamente el goce de su soberanía, pues esta guerra ha sido básicamente generada por la aspiración del gobierno de Zelensky de ingresar a la OTAN, algo que el gobierno ruso considera inaceptable; o sea, si Ucrania pretende existir, lo debe hacer como satélite ruso, aspecto que para los líderes ucranianos resultó inaceptable. Así las cosas, lo primero que en esta guerra está en juego es el principio de soberanía y libre autodeterminación de las naciones, cuya defensa debe ser uno de los pilares de nuestra política exterior.

 

Un segundo elemento que está en juego en esta guerra es el derecho al no alineamiento, que es la libertad de la nación ucraniana de pertenecer -o no-, a alguno de los grandes bloques globales del planeta. La filosofía y principio de no alineamiento, surge a partir de un movimiento internacional que nace en la cintura del siglo pasado, propiamente entre los años cincuenta y sesenta, y cuya culminación fue la instauración del Movimiento de países no alineados. La organización, originalmente liderada por estadistas como Nehru y Sukarno, se inspiraba en la doctrina de no violencia y neutralidad de Gandhi, padre de la nación India, que aspiraba a mantener equidistancia entre la Unión Soviética frente al poder occidental, que eran entonces los dos grandes bloques globales hegemónicos durante la guerra fría del Siglo XX.  En Costa Rica este principio se expresó, por ejemplo, en la declaración de neutralidad activa, perpetua y no armada, suscrita en 1984 por la administración de Luis Alberto Monge. El principio de no alineamiento se hace en ejercicio de la soberanía y autodeterminación de los pueblos, pues esa autodeterminación es una moneda de dos caras, por una parte, el derecho de las naciones a no alinearse, y su contracara, que es el derecho a tomar partido. Si bien es cierto los bloques globales de la guerra fría se han desdibujado hoy, los alineamientos generales siguen siendo similares: por una parte, Occidente alrededor de la alianza militar del Atlántico, y por otra, lo que geográficamente corresponde a buena parte del centro neurálgico de lo que en el pasado era la Unión Soviética, ahora Rusia, con aliados como China o el mundo islámico chii. Este derecho al no alineamiento cobra particular importancia hoy, cuando el mundo se encamina hacia un globalismo que tiende cada vez más a limitar la soberanía de las naciones. La base fundamental de la teoría constitucional es que el poder debe dividirse para evitar su concentración en pocas manos, la cual se deriva de una comprensión realista de la naturaleza humana. Sin embargo, la amenaza a este principio, radica en la creciente intervención estatal en cada vez más áreas de la actividad individual, básicamente mediante las siguientes estrategias: el aumento del control individual de la vida ciudadana en cada vez más aspectos, facilitada además por el desarrollo cibernético; el crecimiento progresivo y permanente de las diferentes cargas tributarias, y finalmente, el fortalecimiento de los poderes globales mundiales, con sus propias agendas, en detrimento de la soberanía e independencia de los Estados nacionales, que se ven cada vez más limitados por éstas.

 

El tercer principio que está en juego en esta guerra, fundamental para Costa Rica por cierto, es la capacidad de supervivencia de las naciones en situación de desarme, o debilidad militar. Si el derecho internacional no es capaz de garantizar la coexistencia de grandes potencias militares a la par de pequeñas naciones desarmadas, continuaremos regidos por una versión planetaria y nuclear de la ley de la selva. ¿O es que, para garantizar la existencia de una nación pequeña como Israel será necesario que, como lo hace ella, se revista de ojivas nucleares? Carecer de esta garantía, es una implacable amenaza contra un Estado desarmado como el nuestro. Por ello Costa Rica debe adversar cualquier política internacional basada en el poder de la fuerza militar, en los procesos de adoctrinamiento ideológico y político, o en las exclusiones sociales y culturales. Para nosotros, la plena vigencia de los derechos humanos, la paz, el antimilitarismo, la resolución pacífica de los conflictos, el respeto a las sociedades abiertas y el régimen de libertades individuales vigente en ellas, debe formar parte del “adn” de nuestra política exterior. Cuando la disyuntiva sea entre un poderío despótico que avasalla a una nación en debilidad, la política exterior costarricense siempre debe decantarse por el desventajado.

 

La cuarta y última consideración pertinente en relación a la situación en Ucrania, se refiere al concepto de la guerra justa, una derivación original de la teología cristiana, originalmente desarrollada por San Agustín, y posteriormente elaborada con mayor rigor intelectual por otros pensadores cristianos como el fraile Francisco Suárez, quien extendió el concepto para aceptar la fuerza moral de la guerra en casos muy calificados, como por ejemplo la defensa legítima, la causa justa y la equidad en las relaciones de poder tanto en los medios, como en las formas del combate. En su reciente obra “Combate moral”, el historiador Michael Burleigh amplía las valoraciones de esta teoría a partir de los hechos de la Segunda Guerra Mundial. Los “pacifistas” radicales contradicen aquel concepto judeocristiano de la guerra justa, pues para ellos toda guerra es inmoral por el solo hecho de serlo, lo cual nos lleva al absurdo de creer que debemos mantener una pasividad indigna, incluso cuando se ataca nuestro propio hogar nacional. En este último aspecto, si bien es cierto nuestra política exterior ha sido siempre propulsora de la paz, es claro que también tenemos una tradición de reconocimiento de la guerra justa. Un reciente ejemplo fue nuestra política de apoyo a la liberación armada del pueblo kuwaití, en la última década del siglo pasado. Además, la guerra justa está constitucionalmente reconocida por nuestro ordenamiento, pues nuestro artículo 12 constitucional prevé la reorganización de nuestras fuerzas militares para la defensa de nuestra patria, o bien en razón de convenios continentales.  fzamora@abogados.or.cr  

jueves, 10 de marzo de 2022

SOCIEDADES CRISTIANAS EN LA ELITE DEL DESARROLLO

Con este artículo, completo la serie de cuatro publicaciones sobre el influjo de la cultura en el desarrollo, precedido por los títulos “La influencia de los sistemas culturales en el desarrollo” (21/9/2021), “La influencia de la moral en el desarrollo de los países” (22/01/22), y “Aproximación a la causa de la miseria” (7/2/22). La tesis central de esta serie de artículos, consiste en la idea de que la calidad de vida de las sociedades humanas, está esencialmente determinada por la influencia de sus sistemas culturales originarios y la base del código de espiritualidad primigenio que practicaron. En los anteriores artículos analicé dicha influencia en las naciones de desarrollo intermedio, así como en las muy empobrecidas, o de bajo desarrollo. Aquí me limitaré a analizar los 16 países que se encuentran en la élite del desarrollo humano, de los cuales catorce de ellos, tienen su fundamento cultural en la cosmovisión judeocristiana, salvo las dos excepciones, Singapur y Hong Kong. La primera de esas excepciones, sustenta su fundamento cultural en la filosofía budista, mientras que Hong Kong, aunque originalmente surge como un protectorado británico, actualmente ostenta la condición de región administrativa de la República Popular China y, por ello, podemos clasificarla dentro del conjunto de naciones cuyo fundamento cultural es ateísta. Aunque en el caso de Hong Kong, ese aspecto podría resultar desacreditado a partir del argumento de que, siendo originalmente protectorado inglés, la diferencia del alto desarrollo de la región de Hong Kong por encima del resto de la República China a la que hoy pertenece, tiene su explicación en esa raíz cultural británica.

Ahora bien, amerita escudriñar porqué un porcentaje tan elevado de las sociedades en la élite del desarrollo, -más del 90% de ellas-, curiosamente poseen como denominador común su origen cultural judeocristiano. Algunas razones histórico-sociales nos permiten comprender por qué dicho código cultural de espiritualidad, condicionó el desarrollo de los países élite. Lo primero que debemos anotar, es la importancia cultural del principio judeocristiano de dignidad humana en el desarrollo de las naciones. En el mundo antiguo, el individuo no era sujeto sino objeto, pues en términos prácticos los ciudadanos eran propiedad del Estado que, a su vez, era controlado por gobernantes soberanos considerados semidioses, como sucedía en Roma o Egipto. Las sociedades se asentaban en pocos ciudadanos libres y una población mayoritariamente esclava. Incluso la población grecorromana era una de patricios privilegiados cuyo poderío se asentaba en ese esquema, tal como sucedía en Esparta, Roma, Atenas, y en la totalidad de ciudades-estado de aquel entorno. Aún la admirada democracia ateniense, era un concepto ejercido por un pequeño estamento libre, donde el ciudadano estaba sujeto a un Estado que controlaba militarmente el destino de familias y haciendas. Aquella sociedad, cruel e injusta, comenzó su cambió con el triunfo de un concepto novedoso de naturaleza espiritual: el principio judeocristiano de la dignidad humana. A raíz de dicho principio, se concibió la idea de que todos tenemos igual valor, no por la capacidad político-militar, o económica de los hombres, sino por el simple hecho de nacer creados a imagen y semejanza de Dios como Ser ético. Una cosmovisión que, para entonces, fue absolutamente revolucionaria, y que triunfó en Europa gracias al carácter de los mártires, dando también fundamento al posterior ejercicio de las libertades individuales, esencial en la dinámica de las sociedades prósperas.

Otro elemento fundamental que reconocen autores como Thomas Woods o William Durant, es el aporte de la cristiandad en el rescate de la desaparecida civilización clásica. Recordemos que el imperio romano, -y con él la cultura europea-, se desintegró en momentos en que Europa era azotada por bárbaros, entre ellos vándalos, eslavos, mongoles, bereberes, hunos y pictos. Dichas hordas asolaban las antiguas ciudades y pueblos romanos que, a duras penas, subsistían tras el colapso provocado por la decadencia imperial. Entre las causas de dicho declive, estaban el estancamiento de la inversión y el progreso técnico por parte de las clases privilegiadas romanas, además de una grave disminución de la productividad, a causa de excesivos controles y regulaciones por parte de las autoridades imperiales. A lo anterior se sumaron las luchas intestinas de poder que desgarraron el imperio, y la enorme polarización provocada por las desigualdades, lo que degeneró en el declive de su poderío militar, y las constantes arremetidas barbáricas. Tal como la generalidad de académicos reconoce, el monumental desafío de reconstruir la cultura europea fue un esfuerzo titánico que asumió la incipiente cristiandad de entonces. En palabras del historiador Cristopher Dawson “la Iglesia hubo de asumir la tarea de introducir la ética del evangelio, entre gentes para quienes el homicidio era honroso, y la venganza sinónimo de justicia.” A lo anterior, se sumó la labor de los monjes copistas quienes, con un estilo frugal de vida, rescataron múltiples textos de la cultura clásica grecolatina, pero promoviendo además una nueva cosmovisión que, por las razones que paso a explicar, dieron origen a la técnica y a la ciencia que sentó las bases de la civilización occidental. Veamos porqué lo afirmo: la antigua cultura grecolatina, anterior al cristianismo, se sustentaba en ideas preconcebidas que la ciencia llegó a demostrar que eran erróneas; por ejemplo, equivocadamente concebían al universo sin principio ni final, cíclico, caótico y caprichoso, tal como eran sus dioses. En cambio, la semilla del pensamiento racional brotó a partir del paradigma propio de la escolástica cristiana de Dios como Ser coherente, que a su vez sentó una comprensión opuesta a aquella del caos cíclico del antiguo mundo pagano. Y con dicha convicción de que existía un orden encubierto en el universo, fue posible el surgimiento del razonamiento científico. De ahí que las primeras grandes nociones técnicas surgieron en los monasterios europeos. No por casualidad, los maestros escolásticos estudiaban lógica como herramienta previa al estudio de la teología, y como lo concluyeron el historiador Ernst Benz y el sociólogo Max Weber, fue dicha perspectiva racional, fusionada con la idea de dignidad humana y libertad individual, todo ello aportado por la cultura judeocristiana, la que sentó las bases de la tecnología y el mercado que, con el paso del tiempo, haría ricas a las sociedades cristianas que hoy están en la élite del desarrollo. fzamora@abogados.or.cr