martes, 20 de septiembre de 2022

COSTA RICA EN LA EPOCA DE LA INDEPENDENCIA

 Dr. Fernando Zamora Castellanos.

Abogado constitucionalista

¿Cómo era la Costa Rica de setiembre y octubre de 1821, cuando abandonamos nuestra condición de provincia de la Capitanía General de Guatemala? La primera reflexión que amerita señalar, es que Costa Rica y Uruguay comparten una singularidad histórica común que los diferenció de gran parte de América latina, y es que los territorios donde hoy se asientan ambos países, estaban escasamente poblados al momento de la conquista hispanoamericana. Eso provocó que finalmente ambos países, más que conquistados, fueran territorios colonizados. Tanto así que, por ejemplo, nuestro país conoció la experiencia del minifundio, otra singularidad que nos diferenció del resto americano. Dicha realidad permitió que a nuestro país no le sucediera lo que ocurrió con nuestros vecinos centroamericanos, en donde grandes mayorías de su población nativa fueran sometidas a sangre y fuego, generando desde un inicio abismales diferencias socio culturales. En el caso específico de Costa Rica, esta situación de despoblamiento ocurrió por ser un territorio fronterizo; frontera de las dos grandes masas continentales y culturales de nuestro continente.  En el extremo sur de la gran cultura mesoamericana, la etnia más importante ubicada en ese límite fue la Chorotega, y con ellos finalizó esa gran zona de influencia. Por otra parte, lo que hoy es el tapón del Darién, simboliza el aislamiento en el que estuvo el sur de Costa Rica y lo que ahora es Panamá, del resto de la gran masa continental sudamericana. Recordemos que Panamá era una de las más lejanas regiones de lo que en ese momento fue el Estado de la Gran Colombia, que para 1821, unificaba lo que entonces fue la Nueva Granada, Quito, Guayaquil, Venezuela y Panamá.  

 

Para la edad de nuestra independencia, la inmigración hacia Costa Rica era básicamente de españoles y centroamericanos, pues tal como lo describe Iván Molina en su obra sobre el legado colonial de la época, ambas corrientes poblacionales abarcaban el 80% de la población inmigrante. Por las favorables condiciones climáticas, que Constantino Láscaris describió como una permanente primavera dividida en dos estaciones, -una lluviosa y otra seca-, la gran mayoría de la población, especialmente la proveniente de Europa, se asentó en el gran valle central, que para entonces concentraba a más del 80% de los colonos de la provincia. La economía se caracterizaba por un mercantilismo incipiente, donde las actividades principales eran la minería, la siembra y comercialización del tabaco, la caña de azúcar, y además alguna ganadería, forjadas por una población que, en el valle central de aquel período, era básicamente española y mestiza, abarcando entre ambos casi el 70% de la población valle-centrina. Los indígenas se acercaban al 15% de los habitantes y aproximadamente un 5% correspondía a otro tipo de pobladores, dentro del cual estaba cerca del 1% de afrodescendientes, que para 1821 aún era una población escasa, pues las oleadas fuertes de dichos inmigrantes ocurrieron después de la década de 1870, y en función de los efectos del contrato de construcción del ferrocarril y el desarrollo del enclave bananero. En lo que entonces eran Puntarenas y Guanacaste, la estadística aumentaba a un 20% de la población zambo y parda.   

 

Desde su colonización y hasta la fecha de instauración como nación independiente, la nuestra fue además una patria con una población aislada, de montañeses asentados en estribaciones de cordilleras y en los valles del centro del país, que no es territorio de un único valle, sino de multiplicidad de ellos. Láscaris sostenía que nuestra inmigración española no fue uniforme, o sea, que no provenía de una única región de España ni de un grupo étnico específico. Lo cierto es que muchos de ellos vinieron por accidente, pues su destino inicial de emigración era otro, o bien, había diferentes razones por las cuales encontraban adecuado establecerse en esta provincia fronteriza, que era una zona tan remota. Muchas veces los motivos estaban asociados a las persecuciones que amenazaban a algunos colonos, propiciadas por las autoridades centrales de España, y por distintas causas, como lo eran entre otras, deudas personales, cobros por obligaciones tributarias, cuentas pendientes con la justicia, y hasta por motivos religiosos, tal como le sucedió a buena cantidad de inmigrantes que era de origen sefardí. Recordemos que, en buena parte de su desarrollo, el imperio español gestó una sociedad que, además de rigurosa en el orden impositivo y aduanero, lo era también en el eclesiástico. 

 

En los distintos valles que configuraban la geografía intermontana central de la Costa Rica de 1821, se habían consolidado importantes poblaciones, lo que después de nuestra independencia se tradujo en caldo de cultivo para luchas intestinas que enfrentarían a esas comunidades periféricas contra Cartago, que entonces era la más importante “ciudad-Estado”. Hasta el punto que dicha ciudad perdería su preeminencia como capital de nuestra incipiente patria. En las circunstancias de la independencia, la realidad política costarricense se dividía entre el protagonismo de dos fuerzas políticas principales: por una parte, la legitimación real derivada en la figura del Gobernador colonial y su cuerpo de funcionarios inmediatamente dependientes de él, y quienes, por la pobreza propia de nuestra sociedad colonial, era un estamento escaso y sin mayor capacidad económica. La otra fuerza eran los ayuntamientos, o cabildos, que velaban por los intereses públicos de las comunidades importantes y que, desde el punto de vista socioeconómico, estaban integrados por ciudadanos prominentes, casi siempre comerciantes o productores agropecuarios destacados. Por su papel como contribuyentes del sostenimiento financiero de los funcionarios coloniales, los cabildos tenían gran influencia en la realidad de la Costa Rica de principios del siglo XIX, y es la razón por la que, al momento de la determinación respecto de qué hacer con la noticia independentista proveniente de la diputación de León, la última palabra fue la que emitieron los ayuntamientos. Independencia que en realidad se consolidó a la vida jurídica el 29 de octubre de 1821, y no el 15 de setiembre. Pero ese es otro tema, que no corresponde al del artículo de hoy. fzamora@abogados.or.cr  

jueves, 8 de septiembre de 2022

INTELIGENCIA ESPIRITUAL EN EL ALZHEIMER

 Dr. Fernando Zamora Castellanos.

Abogado constitucionalista

 

El Alzhéimer ha tocado las puertas de mi entorno familiar. Mi padre, uno de los hombres que, por su aguda inteligencia, su acendrado carácter, y sus conquistas profesionales, aprendí a admirar con especial devoción, de unos años para acá ha sido presa de las tenebrosas garras de ese mal. En palabras de la Dra. Zoe Lewis, experta en el tema, pese a que se libra una batalla mundial contra la enfermedad, aún las causas del Alzheimer no están del todo claras. La edad avanzada es el principal factor de riesgo que se conoce, y por la experiencia familiar, me atrevo a afirmar que la genética debe jugar algún papel en el asunto, pues su madre, antes de morir de cáncer, ya mostraba los mismos signos del padecimiento.  El primer síntoma que detectamos en papá fue la alteración de su memoria reciente; importantes lagunas mentales respecto de lo que recién ejecutaba, momentáneas desorientaciones respecto de lugares familiares o cosas cotidianas, y olvidos respecto de lo que hacía y cuando lo hacía. Todo inicialmente leve pero progresivo, hasta que el monstruo fue gradualmente adquiriendo mayor fuerza devastadora. Hoy la dolencia ha abarcado aspectos esenciales de su capacidad intelectual, como la pérdida de la habilidad para una comunicación coherente y el extravío de la memoria procedural, o sea aquella que se asocia a tareas antes ejecutadas con facilidad como lo es atarse un nudo, o incluso tragar con facilidad. También la perdida de la memoria semántica, la cual abarca la información de los hechos básicos de la vida práctica y de las relaciones interpersonales, como lo es saber para qué sirve un cubierto, la función de una llave, o lo que para nosotros es más duro: cuando se pierde la noción de la identidad propia y la de sus seres queridos.

 

Sin embargo, a raíz de esa experiencia con mi padre, el Alzheimer se me confirma como una discapacidad del intelecto racional, pero no una discapacidad del alma y menos aún del espíritu. ¡Qué misterio insondable!, pues papá da muestras de conservar allí intactas todas las capacidades de una consciencia afectiva, como si la enfermedad se rindiera frustrada por no poder vencer una realidad, -la del alma y el espíritu-, que es más potente que ella. Al llegar a visitarlo, pese a que la capacidad cerebral de mi padre no sabe que es su hijo quien lo acompaña, su corazón si lo sabe; de hecho, al verme sus manifestaciones de gozo son inmediatas, traducidas en sonrisas y abrazos propios de un amor que aquel mal no puede tocar. Es también para él un regocijo el lejano recuerdo del amor de sus padres el cual, pese a todos sus quebrantos intelectuales, tiende a evocar de cuando en cuando.

 

A través de sus más de cincuenta años de ejercicio de la cirugía mi padre hizo el bien a miles, y aunque para él ya es imposible comprender las capacidades físicas e intelectuales que poseyó en ese campo, el Alzheimer ha potenciado en él otras aptitudes, como las artísticas, joyas más propias del espíritu humano y que ahora las expresa más. De hecho sus afanes por cantar y escuchar música armoniosa se han acrecentado, como también contemplar la naturaleza en interminables caminatas vespertinas. A ojos cerrados, se embelesa escuchando armonías de los músicos de su generación, replicando a vos en cuello las letras de lo que eran canciones que aún conserva ya no en su deteriorado intelecto, sino en el fondo de su alma. Le he visto escapar lágrimas de emoción con las sublimes “El día que me quieras” de Gardel, o con “Solamente una vez” de Agustín Lara.  Mi experiencia con papá me hace coincidir plenamente con la Dra. Lewis, quien afirma que “si algo conservan los pacientes de Alzheimer, es su habilidad para expresarse artísticamente hasta las últimas etapas de la enfermedad.” Ciertamente el enfermo de Alzheimer padece momentos de zozobra, pero una melodía armoniosa, o una caminata en algún sendero que conserve flores, plantas y árboles al transitarlo, puede aquietar sus afanes. Es igualmente sensible a los efectos de una oración dicha con serenidad, o al tacto cariñoso y suave de un beso y un abrazo, sin necesidad de usar palabras, que casi siempre están de más. Para ellos el contacto con un ser querido es un bálsamo y un consuelo cuando su corazón está afligido, pues en ese estado la comunicación más importante no es verbal, sino esa que se ofrece directamente y sin palabras a la consciencia. En esencia, si bien no hay duda que se han deteriorado gravemente sus potencias racionales, en él permanece una inteligencia espiritual que le mantiene vivo su deleite ante la vida. Y es en este hecho, el de la consciencia, en el que me detengo en una reflexión principal. Al fin y al cabo, como sostuvo el Dr.John Searle, experto de la Universidad de California en el tema: “el hecho más grande de nuestra existencia, después de la vida, es el misterio de la consciencia.” En el Alzheimer se conserva un tipo diferente de consciencia; si bien es cierto no es una consciencia intelectualmente lúcida, si lo es plenamente en el plano afectivo. Una clara consciencia respecto de quien nos ama, a quien amamos, y una suerte de mayor sensibilidad respecto de todo lo estético en la creación que nos rodea.

 

Por eso coincido con el filósofo Bernardo Kastrup, cuando nos recuerda que el materialismo, que es la ideología de este mundo, es un embuste. Para el materialismo la consciencia simplemente es derivación de configuraciones fortuitas de la realidad física, impulsadas mecánicamente, y en donde no somos más que un accidente de las probabilidades, una mera disposición de partículas mantenidas de forma precaria “por el equilibrio termodinámico a través del metabolismo, y cuando mueres, tu consciencia y todo lo que significa ser tú, -tus recuerdos, personalidad y experiencias-, simplemente se habrá perdido para siempre. Por lo que, para la visión materialista del mundo, no hay espacio para el significado ni para el propósito.” Por el contrario, coincido con la sentencia que emitió en el 2007, en la revista científica Nature el Dr. Simón Gröbalcher, eminente investigador del departamento de nanociencia cuántica de la Universidad tecnológica de Delft, quien se atrevió a afirmar que “la consciencia no se puede reducir a materia porque, en primer lugar, resulta necesaria para que la propia materia exista, debiendo ser ella misma fundamental y no derivada.” Así, de la experiencia con mi padre resulta claro que, nuestro cerebro no es una máquina biológica que simplemente procesa información y a partir de allí produce consciencia, sino al contrario, es una suerte de radar que capta esa sublime realidad universal que nos rodea, y aun cuando esté temporalmente incapacitado en sus facultades plenas, mantiene activa el alma para captar lo esencial de ella.

fzamora@abogados.or.cr