jueves, 19 de junio de 2014

PARAMETROS DE LA CULTURA NACIONAL



Dr. Fernando Zamora C.
Abogado constitucionalista

Publicado en el Diario español el Imparcial así:

Publicado en el Diario La Nación:

El desarrollo de una nación no se limita a su economía. No es únicamente su producto interno bruto. Una economía próspera es resultado o consecuencia de la cultura de una nación. Y antes permítaseme aclarar algo. Cuando me refiero a cultura, no me refiero exclusivamente a la vocación social por las bellas artes o a la tendencia de ciertos ciudadanos a la realización que ofrece el conocimiento universal. A la cultura a la que me refiero, es la que representa el código, las pautas y la vocación de consensos sociales en torno a ideales comunes de vida. El problema esencial de un pueblo no radica en los problemas materiales que enfrenta, pues un pueblo que resguarda los mejores valores de su cultura, es capaz de enfrentar cualquier desafío. Por el contrario, un pueblo que abandona el ejercicio de sus más preciados valores culturales -o peor aún-, permite que éstos sean destruidos, carecerá de la fuerza interior que es indispensable para enfrentar cualquier reto. El problema más grave que puede tener cualquier nación, es cuando esa vocación decae. Por ello la más grande amenaza a una cultura, es cuando los pueblos abrazan una ética de mínimos. ¿A qué me refiero con tal expresión? A la tendencia hacia el relajamiento o disipación de los estándares morales. El resultado de las sociedades que optan por el camino de la disolución de sus estándares y valores, es que terminan ubicadas en las antípodas del ideal que pretenden defender, pues se vuelven sociedades altamente hostiles contra aquellos que abrazan o luchan por una sociedad de sólidos estándares éticos. Al final se provoca un doble mal. Pretendiendo ser absolutamente tolerantes, no solo terminan siendo sociedades altamente intolerantes, sino además con estándares éticos inexistentes, o muy bajos. Una cultura tolerante no lo acepta todo, ni adopta una vocación permisiva, pues distingue entre la persona y su conducta. Reconoce que, aunque toda persona tiene una dignidad intrínseca por su condición tal, su conducta puede no ser el ideal cultural que debe ser promovido.

Ahora bien, la obra política es esencialmente una obra de civilización y de cultura. Por tal razón, para señalar el rumbo, es fundamental comprender los parámetros de la cultura. El primer parámetro es que una sociedad de plena cultura cree en el progreso. Uno de los perniciosos rasgos de los anarquismos y de los actuales posmodernismos, es el de su pesimismo vital. Por el contrario, el parámetro básico de la cultura es la fe en que la historia tiene un propósito y sentido. De ahí la naturaleza profundamente espiritual de la cultura y lo grave que es extirparle tal connotación.

Un segundo parámetro importante se cumple cuando la economía está supeditada a los valores de la cultura. El mercado económico solo funciona correctamente si éste no se afirma como una finalidad en sí mismo, sino como parte de una visión de conjunto en donde la sociedad transita en pos de la satisfacción de las necesidades genuinas del ser humano. En otras palabras, el dinero solo está en función de hacer posibles los procesos de producción. Esa es su finalidad esencial. En una cultura avanzada, el dinero no es un fin en sí mismo. De ahí que los Médici serán recordados no por ser los magnates que fueron, sino porque pusieron su fortuna al servicio de la cultura.

El tercer parámetro de una cultura nacional plena, alude al principio de autoridad. Lo contrario al principio de autoridad es la rebelión y el caos. El anarquismo y el libertarismo son los dos extremos del espectro ideológico que representan la rebelión contra todo principio de autoridad. Sin embargo, el principio de autoridad no solo es amenazado por las conductas dirigidas. El caos no solo es resultado de un ataque sistemático y organizado contra la autoridad. Al igual que puede haber caos derivado del error ideológico y del odio organizado, lo puede haber como engendro de la ignorancia y de la simple expansión del mal. La experiencia haitiana nos ha demostrado que allí donde hay ignorancia y pobreza cultural, también hallamos caos.  

El cuarto parámetro de la cultura es la convicción en la existencia de una escala de valores, a partir del concepto de la verdad. El relativismo reniega del concepto de verdad, y por ende, de cualquier escala de valores. Tal escala debe ser cultivada a partir de la familia, pues ella es el principal hilo conductor y el principal soporte de la cultura. Por eso Vargas Llosa sostenía que el drama del mundo moderno es el ataque a la familia, en tanto la crisis de ésta representa el deterioro de la cultura. Resguardar la escala de valores es fundamental, a efectos de evitar uno de los principales enemigos de la cultura -que aparte de la ignorancia y el cinismo-,  es la frivolidad, la cual refleja la inversión de la tabla de valores sociales.

El último gran parámetro de las culturas superiores es el de la libertad. Una cultura plena produce una sociedad libre. Ella debe tener, como norte, lo que Jacques Maritain denominaba la conquista progresiva de la libertad de expansión, la cual entendía como la progresiva liberación de las servidumbres de la naturaleza material. Como cultura, la aspiración de liberar al hombre aún de nuestra simple búsqueda de bienestar material para conquistar el desarrollo de la vida del espíritu. Por ello también es menester comprender el carácter esencial de una sociedad de hombres libres. Un rasgo de tales sociedades es que son pluralistas. Son sociedades que en sí mismas están integradas por otras pequeñas comunidades con derechos, autonomía y autoridad propias, como los son la familia o las asociaciones de individuos. Esa condición comunitaria, está enfocada como comunidad política, en el tanto su vocación debe ser hacia la búsqueda del bien común como ideal superior al de aquel exclusivamente individual. Finalmente, su carácter esencial, es que reconoce el principio de que la dignidad humana es anterior a la sociedad. Como tal dignidad es un concepto espiritual, entiende que el ser humano -por más indigente que sea su condición-, aspira a grados superiores de libertad interior. Una aspiración que ni la sociedad, ni el Estado, son capaces de otorgar. Por ello, aunque respeta la existencia de pluralidad de credos, las sociedades plenas son teístas. En las sociedades teístas, quienes no creen en Dios, pueden igual participar activamente en la contribución de esa forja de la dignidad humana, y por tanto, en la forja de la libertad y del amor al prójimo, aunque al hacerlo, lo hacen desconociendo o sin tener consciencia acerca del origen teísta del principio de la dignidad humana. Y allí precisamente está la razón del drama de las sociedades modernas: el desconocimiento de que la cultura solo tiene sentido a partir del resguardo de las convicciones espirituales de la nación.  fzamora@abogados.or.cr

lunes, 9 de junio de 2014

EL DESAFIO DE LA DEMOCRACIA CRISTIANA



Dr. Fernando Zamora Castellanos.
Abogado constitucionalista

Publicado en el Periódico La Nación:

Una conclusión obvia se extrae de las cartas ideológicas, de las propuestas de gobierno y de las primeras iniciativas de los dos principales movimientos políticos que recién asumieron el control del parlamento. La política costarricense está siendo dirigida por dos partidos con una ideología coherentemente enfocada. Si tuviese que enunciar el enfoque de forma concluyente, afirmaría que es una agenda ideológica sustentada en dos grandes objetivos. Por una parte, la consolidación de un sistema de progresiva intervención estatal en cada vez mayores esferas de actividad humana. En otras palabras, la política en función del Estado y no en función del hombre. El otro objetivo tiene que ver con la cultura de la patria. Consiste en la imposición –aquí-, de la agenda internacional del materialismo laicista. En el orbe, ella promueve sustituir de la vida pública la histórica cosmovisión centrada en los valores cristianos, y en su lugar, imponer una cosmovisión -no laica-, sino laicista. Algo que podríamos definir como descristianizar la vida pública. Como ambos partidos coinciden en estos dos objetivos, el pacto que les permitió controlar el Congreso era -desde la perspectiva ideológica-, natural. El acuerdo político que ambos suscribieron lleva el mérito de ser honesto con esa afinidad de propósitos. No se trataba simplemente de elegir un directorio legislativo. Se trata de impulsar un proyecto político ideológico específico. Por cierto, al pacto se sumó un tercer partido: el PUSC. Lo incongruente de esa adición es que -en teoría-, es el socialcristianismo la filosofía política del Partido Unidad. Si no pretende renunciar a su planteamiento filosófico originario, no comprendo de qué forma dicho partido se sumará a las iniciativas legislativas que se deriven de tal acuerdo. Para ser coherente con su carta de principios, en algún momento habrá de corregir el rumbo.

Así pues, la balanza está inclinada hacia el monopolio de un discurso en dos vías: una vía claramente estatizante y otra que a la vez confronta los valores judío-cristianos que le dieron cimiento a la nación. Frente a ese proyecto ideológico, forjar un contrapeso sólido es algo sano para la democracia constitucional. Y ese es el desafío de la democracia cristiana. ¿Por qué? En primer término porque ese contrapeso no lo puede ofrecer un partido sin un fundamento cristiano claro. Menos aún partidos que carguen prácticas clientelistas, pues esa malpraxis también se sirve de un Estado peligrosamente asistencialista y progresivamente invasor. Tampoco lo puede ofrecer un partido cuya visión política esté reducida a una simple perspectiva de libre economicismo, pues el hombre no solo vive de pan. La democracia cristiana es una filosofía política que concentra dos virtudes que son indispensables hoy. Por una parte la defensa de una visión política integral sustentada no en el Estado, sino en el ser humano. Lo anterior a través de la defensa de principios como el de subsidiariedad. Por otra parte, desde la perspectiva cultural, la defensa de los valores de la vida y la familia. Por dicha razón, el arribo al Congreso de la Alianza Demócrata Cristiana, cuyo representante es el expresidente legislativo Mario Redondo, es una noticia esperanzadora. En las últimas décadas, es el primer partido con una filosofía política integral derivada de los valores cristianos, y por tanto, no limitada únicamente a los temas de algún segmento electoral religioso. Este último aspecto es fundamental, y como tal, paso a explicarlo. El árbol no debe confundirse con sus frutos. El cristianismo es fuente que inspira filosofías políticas, pero no por ello es una filosofía política. Mucho menos una plataforma ideológica de iniciativas electorales. Contradecir este argumento, conllevaría al aberrante criterio de considerar como ideales políticos, la verdad revelada por Dios al hombre para que la profesara como estilo de vida. El cristianismo es algo muy superior a cualquier ideología o filosofía política. Que partidos invoquen un discurso limitado a lo confesional -como ha sucedido-, es algo que debe ser superado.

Al debate nacional le urgía un partido con una filosofía política que, aunque derivada de los valores judío-cristianos, ofreciera una agenda integral sobre los distintos problemas nacionales. Y particularmente, con una visión país coherente con una filosofía política sistemática. Hasta la reciente aparición de la nueva ADC, la democracia cristiana costarricense se había sumido en una grave crisis existencial. En esta crisis colaboró el abandono que en el pasado el Partido Unidad hizo de la agenda democristiana. A tal extremo llegó ese abandono, que durante el cuatrienio 2006-2010, una miembro de su fracción legislativa promovió proyectos de ley contrarios a la doctrina familiar cristiana, e incluso proyectos contra la vida. Iniciativas tristemente enmarcadas en lo que Juan Pablo II denominó la “cultura de la muerte”. Por otra parte, algo pasó con los partidos que pudieron haber llenado este vacío, los partidos denominados evangélicos. Se constituyeron con un objetivo noble, pero fueron iniciativas políticas unipersonales y monotemáticamente enfocadas solo en los requerimientos del sector religioso que adoptaron como base electoral. Ello les impidió convertirse en movimientos con una visión país.

La democracia cristiana surgió en la historia como necesidad de que los cristianos seglares participaran como tales. Para insuflar el espíritu cristiano en la orientación del poder público. Surgió como reconocimiento de que la acción política debe ser un compromiso del cristiano laico, pues aunque por su propia misión la Iglesia tiene función de magisterio en la dimensión temporal, ella trasciende esta realidad material. Y al ser la actividad política enfrentamiento de los problemas históricos concretos, ella es tarea de políticos, y no de ministros religiosos. Por esto, aunque de inspiración cristiana, los partidos democristianos son aconfesionales. Como distinguen con claridad lo que es la acción política de lo que es la actividad religiosa, no son partidos “evangélicos” o “católicos”, sino partidos de laicos cristianos comprometidos en una visión política integral. Tal, es la perspectiva correcta.

 Ahora bien, frente al panorama enunciado, la buena noticia es que rectificar es posible en función de una agenda democristiana común. El cuatrienio apenas empieza. En esa enmienda puede colaborar el hecho de que el Partido Unidad cuente con el liderazgo del Dr. Rodolfo Piza, hombre que verdaderamente se ha comprometido con los valores democristianos. Otro factor positivo es que –desde dentro del Congreso-, la Alianza Demócrata Cristiana (ADC) cuenta con la representación de otro líder coherente, el Lic. Mario Redondo, experimentado expresidente legislativo. Otros partidos -como los denominados evangélicos-, tienen la oportunidad de abandonar las antiguas divisiones y aportar a la unión en función de dicha agenda integral. Es el llamado ante el reto que todos enfrentan. Marcarán la impronta quienes sean consecuentes frente al desafío. fzamora@abogados.or.cr