miércoles, 6 de enero de 2010

EL LIDER QUE LA PATRIA NECESITA

Dr.Fernando Zamora Castellanos
Abogado constitucionalista y profesor universitario.

Publicado en Tribuna Democrática bajo la dirección:
http://www.tribunademocratica.com/2009/12/el_lider_que_la_patria_necesita.html

Contemplando en la ciudad de Washington la majestuosidad del Memorial a Lincoln, meditaba sobre las cualidades de aquel líder. ¿Qué caracteriza a un estadista ideal? No es una utopía que a un pueblo lo dirija un líder íntegro. En circunstancias trascendentales para los pueblos, han surgido frente al desafío, para enrumbarlos por el sendero de la verdadera libertad. Son los De Gaulle de la historia. En momentos en que nos disponemos a elegir gobernante, es oportuno reflexionar sobre las condiciones óptimas de un conductor. Primeramente la humildad sincera es una de las virtudes fundamentales de un verdadero estadista. El líder que cree poseer la verdad absoluta atrae tinieblas para la sociedad que lo soporta. Goebbels y Hitler, parapetados en el búnker de la Cancillería y con el Ejército rojo a las puertas de Berlín, se negaban a reconocer, aún frente a sus íntimos subalternos, la implacable contundencia de la derrota. El orgullo ciego en su mayor expresión. Cuando el fracaso es incuestionable, el líder debe ingerir el acíbar de la derrota con carácter. Si se resiste, revela un ego que lo descalifica como verdadero estadista. Por otra parte, un verdadero dirigente sustenta su autoridad en el ejemplo de su propia conducta. Su discurso es coherente con su acción. La leyenda biográfica de Napoleón narra que en una de sus batallas prohibió a sus hombres retroceder. Se colocó en el frente de las líneas y ordenó que le disparasen a él mismo si incumplía su propio mandato de avanzar. Aunque a Bonaparte no lo adornaba la integridad de virtudes que describo, sí era un líder consecuente. Por otra parte, un genuino conductor no guía a su nación de conformidad con sus propios intereses, sino de conformidad con sus propios ideales. Por eso respeta la democracia sin dejarse cautivar por las exaltadas pasiones de las multitudes, pues reconoce que su misión es conducir a la colectividad sin dejarse arrastrar por sus momentáneos caprichos. Tiene presente que fueron las desbordadas emociones de las mayorías las que libraron a Barrabás para condenar a Cristo. O sea, con el objetivo de sopesar en la balanza la conveniencia de sus decisiones, el auténtico estadista no consulta las encuestas, ni a su cuenta bancaria. Entiende que gobernar es ejercer constantemente actos morales, independientemente de la popularidad de éstos. El demagogo es antónimo del verdadero guía. Quien amolda su campaña electoral a gusto y medida de la última encuesta, revela una astucia maquiavélica sin par, pero jamás la madera esencial del que merece ser seguido. En ese sentido, nada más espernible que en esta campaña algún candidato usufructúe los temores de la ciudadanía para hacer politiquería irresponsable y llevar agua a sus molinos. En otro orden de virtudes, el guía auténtico enuncia con firmeza sus convicciones y acepta sus yerros. No recurre a eufemismos o declaraciones “políticamente correctas”. Churchill -prototipo del estadista de una sola pieza-, en momentos de gran expectativa para su pueblo, únicamente prometió sangre, sudor y lágrimas. Por el contrario, ahora la norma es acomodarse a estos tiempos light de ingravidez moral y de vacíos. Si hoy escrutamos cuán verdaderamente definidas son las posiciones políticas, descubrimos que son pocos quienes se pronuncian sin dobleces ni eufemismos, ya sea de una u otra forma. ¿Cuán contundentemente se ha pronunciado la clase política en relación a temas verdaderamente esenciales? Por ejemplo ¿en relación a proyectos como el que abre aquí las puertas a los métodos abortivos? ¿O el que modificaría nuestro concepto ancestral de familia? ¿O en relación a la defensa constitucional de los valores judeocristianos de nuestra nacionalidad? Y si se trata de encarar sus propios yerros -lejos de reconocerlos con hidalguía-, se sostienen en ellos echando mano de toda gama de subterfugios. Ahora bien, otra manifestación del talante de un verdadero conductor, radica en su capacidad de señalar nuevos rumbos a su nación sin ser desleal con la propia herencia que subyace en la cultura patria. De lo que sea menester innovar y cambiar, sabe comprender los valores y la herencia que debe resguardar. Se sabe orfebre pero a la vez custodio. Al mismo tiempo que se entiende responsable de labrar las transformaciones graduales que demanda el desarrollo, es consciente que su principal misión es ser depositario de los grandes valores de la nacionalidad que le han sido confiados. La historia no conoce un estadista grande, que lo haya sido sin antes subir sobre los escalones que forjaron sus antecesores. Sin un Lincoln, es imposible un M. Luther King. Finalmente, la cualidad más importante de un líder es que posea una fe blindada. A los pies del hermoso Memorial de Lincoln, la recordé como su gran virtud de estadista. La persona sin fe depende exclusivamente de su propio afán para alcanzar sus propósitos. Al creer que todo está condicionado a su voluntad humana, es ciega a la convicción -o al menos a la idea-, de que una fuerza superior a él mismo pueda mover circunstancias para coronar la justicia y el progreso. Por ello -cuando se trata de un cabecilla sin fe-, si logra conquistas importantes, tiende a sufrir delirios mesiánicos. De ahí que sea capaz, -tretas y amenazas mediante- de intentar sus objetivos aún devaluando el sistema democrático que juró defender. Cuando cae en esa tentación se reduce a cocinero del tenebroso recetario que tramó Maquiavelo. En 1963, ante las escalinatas de ese mismo Memorial, el discurso del Reverendo King se yergue en la historia como un epítome del sueño político sustentado en la convicción trascendente. El apóstol negro de los derechos civiles sabía que -como Moisés-, aunque él mismo no pudiese pisarla, la fuerza inmaterial derivada de lo que Era Superior a él, sí lograría dirigir sus ideales hasta la tierra prometida. Es la razón por la que la historia recuerda a Vasconcelos, -el hombre de convicciones espirituales a quien le negaron el poder-, pero esquiva al rastrero gobernante que fraudulentamente le impidió llegar al solio. Es que hay momentos de la historia donde los pueblos necesitan inspiradores más que gobernantes. Por eso los partidos deben ser cuidadosos de que sus diversas listas electorales no sean un bingo a cartón lleno de incondicionales sin una clara visión de la política grande, pues ante la atomización e ingravidez de las clases dirigentes, son los periodistas quienes, -en razón de una suerte de balance emergente del sistema-, se ven obligados a asumir una vigilancia cada día más rigurosa de la actividad pública. fzamora@abogados.or.cr