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viernes, 31 de enero de 2025

Porqué creo en el mensaje de la Navidad

 Dr. Fernando Zamora Castellanos. Abogado constitucionalista

Inician las celebraciones de esta navidad en épocas convulsas para el cristianismo. No por casualidad en noviembre del año 2021 el diario Corriere della Sera informaba que Helena Dalli, la comisaria para la igualdad de la comisión europea, propuso formalmente que en Europa se prohibiera la frase “feliz navidad”. Esta situación no es nueva en la historia humana, que ha conocido, -en múltiples épocas, circunstancias y geografías-, feroces ataques al mensaje de la navidad. Frente a ese desafío yo pregunto: ¿podemos en el siglo XXI confiar plenamente en el mensaje navideño que nos ofrece el evangelio?

La noticia que cada diciembre la Navidad nos trae, resulta inexplicable para la razón humana. Refiriéndose a los paganos, tal y como lo expresó en su hermosa epístola que dirigió a la primitiva iglesia asentada en Roma, San Pablo les recordaba a ellos que es a partir de la belleza y el orden como se puede conocer a Dios, principio y fin del universo. Reflexionar en el mensaje navideño es también interrogarnos sobre la existencia de Dios, y a pesar del dolor que nos acarrea el mal en todas sus manifestaciones, es en ese orden y esa belleza, de la que escribía Pablo, que percibimos señales de que nuestra alma espiritual no puede tener origen más que en esa portentosa idea revelada de su indudable existencia.

Negarse a dicha evidencia, es quedar atrapados en la idea insensata que de la nada surgió todo, siendo que la evidencia nos afirma que “la nada” no tiene posibilidad creadora alguna. Para llegar a esa deducción nos basta apegarnos al principio lógico de la "no contradicción", que sostiene que una afirmación no puede ser - al mismo tiempo-, su propia negación, por lo cual pensar que la nada por sí sola pudo producir algo, representa la mayor violación de dicho principio lógico. A partir de allí viene a nosotros la pregunta más importante de la filosofía que hiciera Leibniz: ¿por qué existe todo en vez de nada? La respuesta más coherente a esa pregunta, la ofrece la inescrutable noción de Dios, concepto que ha sido revelado a la humanidad por siglos, y del cual estamos naturalmente diseñados para intuirlo. Si por la lógica anterior reconocemos que la fe es razonable, la consecuencia de ello es aceptar que lo milagroso puede suceder. Los cristianos creemos que el milagro más grande de la historia es que el Señor se reveló a la humanidad encarnándose en un hombre que vino al mundo a proclamar el mensaje más poderoso de la historia, o en palabras de George Stevens, a protagonizar la más grande historia jamás contada.

Este mes en el que celebramos la nochebuena, lo primero es advertir que esencialmente celebramos un acontecimiento y no una doctrina moral. Menos aún una teoría teológica. Conmemoramos el nacimiento de quien murió martirizado asegurando que su propósito de vida fue proclamar una verdad de proporciones escandalosas. De ahí que el erudito C.S. Lewis aseguraba que, frente a la persona de Jesucristo, no había manera de permanecer indiferente, -pues a partir de que Él afirmaba ser el mismo Creador encarnado-, solo había dos caminos: o era el demente más grande de la historia, o en efecto, es quien dijo ser.

En su favor, habla una vida coherente en razón de su misión de vida y la realidad de una prueba testimonial implacable. En este punto la experiencia nos permite reconocer que una persona podría estar dispuesta a morir por ideas que cree ciertas, aunque no lo sean, pero nunca por hechos que sabe falsos. Así pues, ¿qué sucedió en el itinerario de vida de quienes, siendo testigos de sus obras y conducta, concluyeron de forma contundente con la frase “¡verdaderamente eres el hijo del Eterno!” (S. Mateo14.33)?  Me refiero a testigos todos que prefirieron morir martirizados, antes que negar el hecho de que lo habían visto resucitado. Se convencieron de acuerdo a lo que observaron, por ello “ver” es el verbo más usado en los evangelios: 100 veces en el escrito por Mateo y 220 en el de Juan. En un contexto como el de la Palestina del siglo I, ocupada por el brutal régimen de Tiberio César, aquello literalmente era un asunto de vida o muerte; no podía tratarse de una romántica disquisición de ideas, ni mucho menos de simples ensoñaciones y sugestiones, sino de “…lo que hemos visto con nuestros ojos…es lo que os comunicamos” (1Juan1:1-3).

Por otra parte, está el milagro que implicó su mensaje, de cuyo impacto el mismo Jesucristo dio fe al asegurar: “…mis palabras no pasarán” (S. Mateo 24:35). Pues bien, ciertamente la revelación que la Navidad encierra, es un concepto que el historiador Cesar Vidal resume en una expresión: Dios viene al encuentro del hombre, -y en tal aventura-, se entregó a la muerte de cruz pagando el precio del pecado, redimiéndolo. Como bien lo resume el filósofo español José Ramón Ayllón, si la fe en el misterio de la navidad fuese absurda, habría que preguntarse ¿por qué ha sido razonable para miles de hombres cultos a través de tantas generaciones, y tantos cataclismos históricos? Aún más, ¡¿qué misterioso designio ha hecho que esa quimera permanezca erguida viendo derrumbarse, por el poder de su esperanza, a tantos imperios, poderes, revoluciones y contrapoderes que se le opusieron?! ¡¿Qué poderosa fuerza hace que, una vez que se da por muerta la esperanza en el pesebre, como si fuese un fenómeno del ayer, ésta de repente se asoma nuevamente firme y atrevida hacia el futuro?!

En conclusión, creo en el milagro de la Navidad porque es una convicción razonable. Por eso entiendo que la existencia tiene sentido y propósito, y que ese propósito es forjar un carácter sustentado en el amor al prójimo, hasta alcanzar la meta de vivir la eternidad con Dios, de tal forma que la misión de cada uno, es el camino práctico por medio del cual ejercemos dicho propósito personal, y es la razón por la cual se nos asignaron ciertas capacidades, dones y talentos, a partir de los cuales, sutilmente, se nos insinúan nuestros objetivos y metas concretas. Se resume en un solo concepto: nuestro “llamado” en la vida. De ahí que la alegría es resultado de experimentar una vida intencionada espiritualmente, y de tal certeza, como bien lo señala el distinguido psicólogo español Enrique Rojas, se deriva el buen arte, la buena ciencia y la filosofía sabia. ¡Feliz Navidad 2024!

fzamora@abogados.or.cr  

miércoles, 3 de abril de 2024

UNA REFLEXION EN LA SEMANA SANTA

 Dr. Fernando Zamora Castellanos.

Abogado constitucionalista

La gran cuestión que le planteó Leibniz tanto a la filosofía como a la metafísica fue, ¿por qué existe todo, en vez de nada? Este dilema es el gran asunto existencial asociado a las cuatro interrogantes esenciales de la existencia humana: la pregunta de identidad, ¿quiénes somos?, la cuestión de origen, ¿de dónde venimos?, la interrogante de propósito, ¿para qué estoy aquí en la tierra? y finalmente, la de destino, ¿hacia dónde vamos?  Preguntas que están asociadas a la semana de reflexión que los occidentales, seamos creyentes o no, nos aprestamos a disfrutar como días no laborales próximamente.   

El tema de la fe personal, es posible escudriñarla a partir de la aplicación de dilemas excluyentes, que consiste en un mecanismo intelectual de selección y descarte sobre lo que serían cuatro diferentes cosmovisiones para respondernos la gran pregunta de la existencia.  En este mecanismo, el primer paso es resolver el dilema, encrucijada o disyuntiva, consistente en decantarnos por dos opciones únicas, limitadas a una sola pregunta sobre básicamente dos cosmovisiones. La primera cosmovisión afirma que la realidad “natural-material” es lo único existente, y que nada es posible fuera de ella. En sentido contrario, la segunda alternativa sostiene que, en tanto el tiempo, el espacio y la materia tuvieron un principio absoluto, necesariamente entonces su causa debe ser inmaterial y atemporal, por lo que, aparte de la materia, debe existir necesariamente una realidad de otra naturaleza, como lo es la espiritual.

Así las cosas, quien seleccione la primera opción, necesariamente debe excluir todo el restante conjunto de cosmovisiones de tipo espiritual, pues aplicando el principio de no contradicción, deberá descartar, tanto de la búsqueda intelectual como de la acción práctica de vida, cualquier intelección de naturaleza divina o trascendente. Allí se acabaría cualquier otro dilema en juego. Ahora bien, si, por el contrario, usted se decide por la segunda opción, la búsqueda deberá continuar, viéndose obligado a ir más allá en una nueva dinámica. A diferencia de lo que algunos sostienen, en este punto del camino las opciones son también excluyentes, pues si en la vida decidimos asumir una cosmovisión de naturaleza espiritual, es indispensable entender las radicales diferencias que se dan entre dichas cosmovisiones. Lo primero que debemos anotar es que, en el mundo, existen tres grandes sistemas que ofrecen una respuesta a la cuestión de la espiritualidad. El primero de esos sistemas, -el más numeroso de ellos pues juntos abarcan aproximadamente tres mil novecientos catorce millones de personas-, corresponde a lo que se denomina la “cultura del libro”, o cultura bíblica. En la narración bíblica contenida en la historia de Abraham como padre de la fe, esa cultura bíblica une a las tres grandes religiones monoteístas del planeta: el judaísmo, el cristianismo, y el islamismo. La fe de dichas religiones entiende el universo como creación de un Dios único, que aspira a tener una relación personal con todos aquellos que lo busquen. En este primer grupo, la religión más practicada es el cristianismo, con dos mil cuatrocientos millones de fieles.

En un segundo gran sistema cultural, tenemos las filosofías espirituales, que son el budismo, el taoísmo, el confucianismo, y el sintoísmo, todas de muy generalizada práctica en naciones del extremo Oriente como China, Tailandia, Japón, Bután o Birmania. De esas cosmovisiones la más practicada es el budismo, con aproximadamente 365 millones de practicantes. Debe advertirse que dicho segundo sistema de cosmovisiones orientales contradicen abiertamente a las tres grandes tradiciones de la cultura del libro, porque aplicando el principio de no contradicción, es inviable ser monoteísta, y a la vez, abrazar  el budismo, el taoísmo, o el sintoísmo, pues éstas últimas niegan que el mundo espiritual esté determinado por la existencia de un Dios único y personal, sino que abrazan la convicción de que, tanto el universo como la existencia de la espiritualidad, están condicionadas por fuerzas que, si bien son de naturaleza espiritual, éstas son de orden impersonal.

El tercer gran sistema que abraza creencias espirituales es el politeísmo, básicamente practicado, entre otras creencias, por el hinduismo de la India, por la nueva era, y también por las diversas supersticiones animistas que tienen su origen en el África subsahariana, y que están extendidas a algunas otras regiones de América, como Salvador de Bahía, Cuba, o Haití, éste último lugar, donde su práctica es predominante. Como su etimología lo advierte, los politeísmos asumen la existencia de muchos dioses. En el caso del hinduismo, hasta trescientos millones de ellos. Está de más citar las razones del porqué los politeísmos son creencias opuestas a las filosofías espirituales de Oriente, o a las “culturas del libro”, sin embargo, vale anotar que, entre otros motivos, lo es por el hecho de que las supersticiones politeístas son espiritualidad que no exige compromiso moral, y cuando la espiritualidad carece de compromiso moral, se reduce a la simple superstición.                

En los Estados occidentales libres cada quien está en su derecho de abrazar cualquiera de estas opciones que, como ya indiqué, pueden ir desde el total increencia, hasta la espiritualidad sin compromiso alguno. En mi caso particular, mi experiencia de vida me condujo hacia la fe con compromiso moral, tal como la conmemoramos en estas fechas. Desde tiempo atrás descarté el materialismo filosófico. Creo que esta gran obra que es la vida, tiene un autor que se revela a ella sutilmente, de la misma forma que lo hace quien crea una obra artística. Manifiesta en ella su carácter por una vía indirecta. Al descartar el materialismo, concebí absolutamente razonable que el Creador decidiera revelarse a sus creaturas, y en este punto, ¿cuál es el mensaje más poderoso de la historia? Por el impacto de la fe más extendida en el planeta, por su mensaje de amor resumido en la más grande historia jamás contada, y por la evidencia histórica sobre la verdad de ese mensaje, he hecho míos esos ideales.  fzamora@abogados.or.cr   

lunes, 24 de octubre de 2022

UNA VISIÓN ASOMBROSA DEL GÉNESIS

 Dr. Fernando Zamora Castellanos. Abogado constitucionalista

 Andrew Parker, director del departamento de investigación del Museo de Historia natural de Londres, publicó la obra “El enigma del Génesis” en la que, pese a su condición de no creyente, manifestaba su asombro ante la exactitud de la descripción del proceso y secuencia de la creación que se narra en el primer libro de la Biblia. Otros, como el astrofísico Hugh Ross, o el historiador natural Edwin Bevan, también han manifestado su fascinación ante tal precisión. Les resultó inaudito que tal nivel de fidelidad fuese resultado de una tradición judía cuyos orígenes se remontan a más de cuatro mil años atrás. Por las razones que citaré, para ellos la descripción es científicamente exacta desde la perspectiva de alguien que observa la secuencia a partir de una visión dada desde el interior de la tierra. Veamos porqué: la primera coincidencia entre la ciencia y el antiguo relato, corresponde a la realidad de que el universo inicia con lo que podríamos llamar una explosión ex nihilo, o sea, surgida a partir de lo que no era. Y tal como lo explica la ciencia actual, el universo, entiéndase la materia, el espacio y el tiempo, ciertamente surgen en un instante inicial, hace miles de millones de años, a partir de una masa con un volumen aún más pequeño que el de un átomo, que se expandió de modo enérgico y acelerado hasta formar la realidad existente.  La segunda coincidencia entre la ciencia y dicha narración, consta propiamente en el segundo versículo del Génesis, el cual indica que inicialmente la tierra era caos, confusión y oscuridad, y en esa etapa, tal y como también coincide la ciencia según los científicos citados, estamos ante un planeta primigenio sin el orden necesario para que la vida prospere aún, vacío de organismos y en completa oscuridad, tal y como el antiguo libro narra, pues los cosmólogos de hoy reconocen que, hace más de cuatro mil millones de años, la atmósfera terrestre era completamente opaca debido a cuatro factores: la gran cantidad de gases densos, el polvo en suspensión, las distintas sustancias interplanetarias y un frecuente bombardeo de meteoritos que contribuía a un mayor esparcimiento de polvo y escombros en la todavía espesa atmósfera terrestre. Así pues, efectivamente la tierra estaba “desordenada, vacía y en oscuridad”, pues según los científicos, en esta etapa era imposible que la superficie terrestre pudiese aún recibir luz solar.

En una tercera secuencia descriptiva, propiamente en el versículo tercero, el texto narra “la aparición de la luz”, de forma que fuese posible la división que experimentamos entre el día y la noche. Pues bien, en efecto hoy se sabe que hace poco más de 3500 millones de años, el bombardeo cósmico disminuyó y el agua terrestre se enfrió lo suficiente como para empezar a condensarse, originando océanos de escasa profundidad. Con ello, la espesa atmósfera terrestre se empieza a aclarar sin ser aún transparente como hoy, por lo que, si bien es cierto, la atmósfera ya era translúcida a la luz del sol, aún era imposible apreciar dicho astro, ni a ninguna de las demás lumbreras existentes. Así pues, la precisión de la narración sigue siendo total en este tercer aspecto: la tierra pasa a recibir luz, y por tanto noche y día, sin que los astros aún aparezcan visualmente desde su superficie. En una cuarta etapa de descripción bíblica se narra “la separación de las aguas”, y en este punto la astrofísica señala que ciertamente, hace unos tres mil millones de años la tierra estaba ya en condiciones de albergar un océano poco profundo que, sumado a la perfecta distancia del sol y nuestra órbita, permitió al agua realizar los cambios de estado (sólido, liquido, y gaseoso), para un ciclo de aguas estable. De nuevo aquí, una cuarta precisión portentosa.

 

En una quinta etapa de la descripción, en el versículo noveno, se indica el retroceso de las aguas para descubrir tierras firmes. Pues bien, aquí acierta por quinta vez la antigua narración, tanto en los hechos como en su secuencia, pues el científico Ross nos recuerda que la historia de la geología afirma que, hace aproximadamente 3500 millones de años, aparecieron sobre la superficie oceánica los cratones, esos gigantescos bloques de granito procedentes del interior de la corteza, que constituyeron los protocontinentes a partir de los cuales se formaron los continentes más antiguos, y por tanto, la formación de una tierra firme rodeada por agua, lo que coincide totalmente con la crónica veterotestamentaria. Siguiendo el relato, en la sexta etapa de la descripción, -entre sus versículos 11 y 12-, se describe el surgimiento de la vegetación y la precisión en la secuencia vuelve a ser absoluta: en efecto, hace aproximadamente tres mil millones de años, el planeta ya dispone del dióxido de carbono, la luz, la tierra y el agua necesarias para permitir el surgimiento de las plantas también en tierra firme, inicialmente algas, musgos, helechos, y otra diversidad de plantas antiguas. En una sétima secuencia del proceso descriptivo, en el versículo 14, el relato narra la aparición de las lumbreras, en lo cual se vuelve a acertar, pues hasta hace apenas dos mil millones de años, o sea, en un momento muy posterior, es cuando la atmósfera se vuelve más transparente, siendo posible observar los astros a partir de una perspectiva terrestre. En este punto, insisto en la anotación ya indicada, de que el relato es exacto desde la perspectiva de la visión que se le da a un espectador ubicado en la superficie de la tierra que recién se forma. Aquí hay una sétima coincidencia portentosa, pues la plena transparencia de la atmósfera en efecto ocurrió después de que ya existían plantas en el planeta. En este punto, -el de la aparición de las lumbreras- los eruditos insisten en que aquí el término correcto usado no es “crea” sino “aparece” (en hebreo “hayah”), con lo cual es evidente que lo que se narra es la aparición posterior visible de los diversos astros desde nuestra superficie. Finalmente, de acuerdo a dichos científicos, a partir del versículo 20 en adelante, se encuentran la octava, novena y décima fascinantes coincidencias entre la ciencia y la narración del Génesis, pues se sabe que, entre mil y quinientos millones de años atrás, existiendo ya un 20% de oxígeno, abundancia vegetal, ozono, y otras múltiples condiciones, surgen primero los animales marinos, tal y como afirma la narración. En efecto, los fósiles de las explosiones cámbricas prueban que los primeros animales fueron marinos, tal y como sostiene la secuencia del génesis para una octava exactitud. La novena coincidencia es que, según el registro fósil, la segunda explosión de surgimiento animal efectivamente es la terrestre, y la décima coincidencia es que nuestro surgimiento como especie homo sapiens, es ciertamente la última.

fzamora@abogados.or.cr  

miércoles, 10 de enero de 2018

REFLEXIONES DE NAVIDAD

Dr. Fernando Zamora Castellanos
Abogado constitucionalista.

Publicado en
http://www.nacion.com/opinion/columnistas/reflexiones-de-navidad/BP37GAVQI5GD3J6D7TX52CDLJA/story/

y en España:
https://www.elimparcial.es/noticia/184986/opinion/reflexiones-de-navidad.html


Celebramos un aniversario más del misterio de la Navidad. Para el alma desapercibida, la Navidad simplemente es momento de escape festivo; para la reflexiva, la Navidad confronta. Y lo hace escandalosamente, pues como bien lo observó Pablo de Tarso, ¿no fue acaso escandaloso para los judíos, el hecho de que el grandioso y esperado Mesías, naciera pobre y atribulado en el lugar destinado al descanso del rebaño? No perdamos la perspectiva del asunto esencial: lo que en la nochebuena festejamos es un acontecimiento. No celebramos una religión, ni una filosofía; menos aún una doctrina moral. Posicionándonos en el siglo primero de nuestra era, época en la que nació y vivió Jesús de Nazaret, somos confrontados con una cuestión cardinal: ¿qué sucedió en el itinerario de vida de aquellos que, siendo testigos de los hechos que rodearon al nazareno, concluyeron de forma tan determinante que “verdaderamente tú eres el hijo de Dios”? ¿Al punto de preferir morir martirizados todos, antes que negar que lo vieran resucitado? ¿Qué pasó en la vida, en la razón y en el corazón de aquella comunidad de hombres y mujeres, quienes llegaron a esa conclusión porque “vieron”? Lo que resulta claro, según los datos que nos proporcionan los evangelios, es que ellos se convencieron gradualmente conforme a lo que fueron contemplando. Llegaron a esa convicción, no por otra cosa sino por lo que testificaron. No por casualidad, el verbo más usado en los evangelios es uno: ver. Ese verbo se usa cien veces en el Evangelio escrito por Mateo y 220 en el escrito por Juan. Lo indispensable en este punto es entender el contexto de la Palestina entonces ocupada por Roma; sus discípulos eran hombres forjados en entornos muy rudos. Ya sea para Pedro, para Tomás, o aún más para el ex guerrillero Simón -el Zelote-, no contaba una romántica disquisición de ideas, sino únicamente lo que habían “visto” y “tocado”. “Lo que hemos visto con nuestros ojos…eso es lo que os  comunicamos” (1Juan1:1-3).

Lo que la Navidad originalmente anuncia, se desarrolla en cuatro libros. Pese a que estos dan fe de pasajes de la obra del más importante hombre de la historia humana, ninguno de ellos es una “biografía” o una obra de historiografía. Menos aún libros de religión, ni tampoco textos que metódicamente expongan nociones de fe. Ninguno es teología, ni escritos teóricos, ni nada que se parezca. Sin ser historiadores de oficio, se limitaron a describir con rigor aquello de lo que, por ser testigos, dan noticia fidedigna. Aún más interesante es saber que no existe testimonio que deje constancia de que Jesucristo haya escrito nada, ni de que ordenase escribir sus enseñanzas, o registrar sus prodigios. Por el contrario, en múltiples ocasiones les pidió discreción. Su mandato era que sus discípulos vivieran coherentemente sus enseñanzas. De ahí que los evangelios son un fenómeno literario único. El erudito Aurelio Fernández nos advertía que si se viese forzado a encasillar los evangelios en una técnica literaria, tendría que indicar que son algo cercano a una crónica periodística.  

Ahora bien, a partir del mensaje contenido en ellas, está vigente la pregunta que hace casi dos siglos se hiciera Dostoievski: “…un hombre culto, un europeo de nuestros días, ¿puede creer en la divinidad de Jesucristo?” La pregunta nos recuerda el desafío ante el que se haya la fe cristiana en el mundo contemporáneo. Siendo que es una vivencia absolutamente personal, yo no puedo responder la pregunta a partir de mi experiencia íntima de fe, por lo que ensayaré mi opinión a partir de algunos elementos de la razón intelectual. Creo que hay dos preguntas indispensables de responder, en el afán de estimar razonable el grandioso mensaje de la Navidad. La primera cuestión es contestar si es razonable la idea de que la creación tiene un autor. Veamos. En tanto ha resultado demostrado por la ciencia que el universo no es autocontenido sino que tuvo inicio, la única forma que neguemos la existencia de Dios creador, es creyendo que el universo se autocreó. Para ello entonces, el universo tendría que ser antes de existir y al mismo tiempo no ser. Para que algo se cree a sí mismo, -siendo su propio efecto y a su vez su propia causa-, tendría que “existir antes de existir”. El problema es que, para razonar tal cosa, debe violarse la ley lógica de la no contradicción. Aristóteles nos advertía que la ley de la no contradicción declara que es imposible que atributos contrarios puedan pertenecer a la misma cosa simultáneamente. Con lo cual la superstición de los materialistas de que el universo es autocreado, violenta la ley de no contradicción en su propia raíz. Así resulta razonable rechazar la idea de que el universo que conocemos se creó a sí mismo, para dar paso a la idea del Creador, cuyos esperables atributos sean ser autoexistente, eterno y cuya omnipotencia permita que, por sí solo, Él sea causa de todo.       

Siendo razonable la idea de que la vida es la creación de un autor, la segunda cuestión es contestar si además, ¿resulta razonable creer que ese Creador haya decidido revelarse a su creación, tomando forma de hombre? Veamos. Es claro que hay dos realidades primarias que delatan los atributos de Dios: por una parte, la portentosa majestad de la naturaleza testifica la grandeza de su Creador, y por otra, la realidad de un “derecho natural” escrito en la consciencia de todo ser humano; esa voz interior que nos lleva hacia lo correcto, mientras no decidamos silenciar ni cauterizar nuestra consciencia. Al mejor decir de Pablo, “…mostrando la obra de la ley escrita en nuestros corazones, nuestras conciencias dando testimonio y nuestros pensamientos acusándonos unas veces y otras defendiéndonos.”  Pues bien, la Navidad celebra la convicción cristiana de que es razonable creer que existe una tercera forma en la que Dios se reveló al mundo, mediante la cual se encarnó y habitó entre nosotros, con el propósito de revelarse en su atributo principal: el amor. Al fin y al cabo, la fuerza cardinal del mensaje de esta noche navideña, es que Él no se encarnó para condenar al mundo, sino para salvarlo. Pues de tal manera lo amó, que entregó a su unigénito para que todo aquel que en él crea no se pierda, más tenga vida eterna. Ese es el ideal con el que -si somos humildes-, seremos confrontados en la nochebuena. Por eso Julián Carrón nos recuerda que el alma que podemos llamar cristiana, es aquella que se abre a todo lo que es razonable, que ha creado ella misma la audacia de la razón y la libertad de una razón crítica, pero que sigue anclada en las raíces que dieron origen a Occidente, construyéndolo sobre los grandes valores y las grandes intuiciones. La visión pues, de la fe.

lunes, 17 de abril de 2017

INDICIOS DE DOMINGO DE RESURECCION

Dr. Fernando Zamora Castellanos
Abogado constitucionalista.

Publicado en España

En el mundo cristiano, hoy se conmemora la convicción evangélica de que Cristo resucitó al tercer día de crucificado. Hasta cierto punto parece absurdo, en el 2017, escribir o hablar de una creencia de tal naturaleza, cuando la confianza humana está usualmente puesta en los beneficios que otorgan los bienes materiales logrados con la tecnología de la cuarta revolución industrial. S. Kierkeegard  afirmaba que, en un circo de Dinamarca presa de las llamas, se envió a uno de sus payasos a alertar del peligro a los vecinos de la comarca. Suponiendo que se trataba de una estrategia comercial para captar espectadores, no creyeron. Peor aún, viendo la facha del mensajero, se rieron de él hasta que las llamas arrasaron con todo. J.Ratzinger sostenía que así se siente el cristiano con el anuncio de la resurrección. Siendo que tal anuncio es clave para la salvación, éste se ve obstaculizado por un ropaje inadecuado, poco creíble, -y para muchos- ridículo.

 

Pero los abogados tendemos a guiarnos por indicios, dudas razonables y sana crítica. Analicemos pues, qué tan creíble pueden ser tal suceso. El primer hecho, es el de un número de testigos que afirmaron haber visto a Jesús resucitado. Lo que sostenían es que, -en una u otra ocasión-, se habían encontrado con Cristo en el transcurso de las seis a siete semanas posteriores a su muerte. Algunas veces fue a solo uno de ellos y en otra se presentó a doce de ellos juntos. En una ocasión casi a quinientos testigos. Por ejemplo, en la carta que San Pablo escribe a los corintios, -apenas 15 años después de la resurrección-, deja constancia que la mayoría de tales testigos aún vivía. Para entonces era una afirmación evidentemente verificable, pues si ésta hubiese sido falsa, allí mismo habría sido inmediatamente desacreditada por los múltiples enemigos que entonces tenía el cristianismo. Tal fe hubiese muerto desde su primera infancia. Incluso San Pablo, inicialmente enemigo del cristianismo, asume la fe no solo por su propio testimonio, sino como producto del conocimiento que tuvo de muchos de esos testigos. Sobre la carta a los corintios, el historiador alemán H.Campenhausen expresó que “Este relato cumple con todos los requisitos de confiabilidad histórica que se le pueden pedir a un texto tal”.  Escrutemos más conclusiones interesantes para armar un caso legal a favor del hecho. En tres ocasiones distintas, diversos testigos declararon no haber reconocido inicialmente a Jesús cuando lo vieron, (Lc 24: 13-31, Jn 20:15,21,4) lo que hace que la hipótesis de la  “alucinación colectiva” caiga por sí sola. Otro interesantísimo indicio, es que los evangelios también citasen a mujeres como primeros testigos, pese a que en la antigüedad la mujer no se acreditaba como testigo. Si estos textos hubiesen sido fraudes con objetivo proselitista o reclutador, -engañando a otros para ello-, nunca hubiesen citado el testimonio de las mujeres, pues el consenso de la época es que no eran aceptadas como testigos competentes.

Igualmente están las pruebas circunstanciales. Aquí hay un elemento cardinal: en la historia humana muchos se han dispuesto a morir por una idea equivocada que creen válida. ¿Pero cómo sería posible que muchos, prefiriesen morir antes que desmentir un hecho que indudablemente sabían era falso? Muchos de esos testigos prefirieron la muerte antes de desmentirse como testigos de la resurrección. Eso sería algo que contradice la realidad más elemental de la naturaleza humana. Por ejemplo, todos los apóstoles prefirieron morir martirizados antes que desmentir su testimonio. Un hombre podría disponerse a morir por sus creencias, pero nunca por un hecho que a todas luces sabe que es un engaño. Otra prueba circunstancial, lo es que muchos de esos testigos, como Saulo de Tarso o el mismo Jacobo, -quien según la escritura había renegado de Jesús por quien decía ser El y por el triste final que había tenido- estaban contra el cristianismo después de la crucifixión. Pero el hecho del que fueron testigos fue tan impactante que los arrastró a una plena conversión espiritual. Recordemos además, que el pueblo judío era un pueblo firme en sus heredadas estructuras sociales, tradiciones y convencionalismos. Tanto así que hoy subsisten pese a que todos los pueblos que les fueron contemporáneos desaparecieron. Siendo así, ¿cómo es posible que tantos testigos judíos estuviesen dispuestos a transformar sus íntimas convicciones por un hecho que en su interior sabían falso?

 

Aún más. A diferencia de lo que ocurre con los mitos y leyendas, la evidencia más temprana que tenemos se remonta al tiempo inmediato posterior del suceso, tal y como consta en los registros de libros como el de los Hechos de los apóstoles. En relación a la resurrección, los autores preservan material de fuentes muy tempranas. Sumado a lo anterior, tal y como confirmó el erudito en literatura antigua C.S. Lewis, en la antigüedad no existía ni aún se concebía la posibilidad de aplicar lenguaje realista en la literatura ficticia. La ficción antigua era totalmente diferente a la moderna, que sí utiliza el realismo. En la antigüedad y hasta hace 300 años, era inconcebible una versión ficticia con elementos realistas, lo que impide que se acuse a las narraciones evangélicas como legendarias o mitológicas. El mito se escribía como mito, y por el contrario, el lenguaje realista, solo era para la realidad.

 

Por otra parte, la sepultura de Jesús y su custodia por la guardia romana es uno de los hechos mejor acreditados que tenemos acerca del Jesús histórico. En las tumbas antiguas había una hendidura oblicua que descendía a una entrada baja y una piedra grande con forma de disco se deslizaba hacia el interior de la hendidura quedando trabada además por una piedra menor. Hacia arriba para reabrirla, se requería de varios hombres. Pese a ello -y al hecho de que la guardia apostada custodiaba la tumba-, fue evidente que el cuerpo desapareció sin que fuese razonable culpar de ello a sus discípulos, pues está documentado que en ese momento se escondían avergonzados y desilusionados por los recientes acontecimientos de la crucifixión. Si su cuerpo no hubiese desaparecido realmente, los testimonios de la resurrección hubiesen sido desacreditados en el acto por la evidencia. Una última observación. El escritor Pepe Rodríguez afirmaba su incredulidad en la resurrección así: ¿por qué Cristo resucitado no se presentó ante los grandes dignatarios de entonces y ante las multitudes de las ciudades, de tal forma que el acontecimiento hubiese sido acreditado absolutamente? Porque si Dios se descubriera abiertamente a los hombres, la fe sería imposible pues carecería de mérito. Por el contrario, si del todo no se revelara, ésta sería imposible. En esta dimensión, ¿acaso no actúa Dios sutilmente, en claroscuros? fzamora@abogados.or.cr